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21 de noviembre de 2009

ENTREVISTA: MANUEL GUTIÉRREZ ARAGÓN

"Me atraía escribir sobre lo que el terror tiene de humillación"

Manuel Gutiérrez Aragón
A los 66 años anunció que se retiraba del cine tras casi cuatro décadas en el oficio. Un año después, el director de 'Demonios en el jardín' publica su primera novela, 'La vida antes de marzo', con la que ganó el último Premio Herralde
Hay gente que ha nacido de pie, otros, atravesados, y otros, aún no saben por qué han nacido. Manuel Gutiérrez Aragón (Torrelavega, 1942) es de los primeros. Ha realizado 17 largometrajes, adaptó el Quijote para una serie de televisión, ha escrito varios guiones para otros directores y ha dirigido alguna obra de teatro. También ha sido militante del Partido Comunista hasta que se legalizó en abril de 1977. En Viérnoles (Cantabria), el Instituto de Enseñanza Superior lleva su nombre. A los 66 años anunció que se retiraba del cine. Un año después escribe su primera novela, La vida antes de marzo, con la que acaba de obtener el Premio Herralde de Novela (Anagrama). Es, probablemente, uno de los autores debutantes de mayor edad y está encantado de la experiencia.
Pregunta. Su última película, Todos están invitados, muestra la cobardía de la sociedad civil vasca ante el terror impuesto por ETA. En su primera novela, La vida antes de marzo, el brutal atentado del 11-M, sin ser protagonista de la trama sí tiene una cierta importancia en la misma. ¿Le obsesiona el terrorismo?
Respuesta. Todos estamos invitados se hizo como una especie de deber cívico, para que constara un determinado testimonio y una postura ante un terrorismo muy conocido, como es el de ETA y el silencio que la rodea. En realidad, es desagradable filmar o escribir cosas sobre el terrorismo. Ya tenemos bastante con las informaciones de la televisión o los periódicos. ¿Por qué, además, hacer ficción sobre ello? No tengo una respuesta muy clara... pero, desde luego, no me voy a especializar en un tema que, en el fondo, me repugna.
P. Pese a todo, el 11-M es importante en la trama.
R. Bueno, el 11-M aparece muy al final. No puede considerarse que sea una novela sobre el 11- M. Aquí es un mero instrumento narrativo.
P. ¿Y qué le atraía del tema?
R. En el caso de La vida antes de marzo me atraía escribir sobre lo que el terror tiene también de humillación. Naturalmente, lo peor es la pérdida de la vida. Pero también conlleva una especie de vergüenza por el género humano al que pertenecemos. También me interesaba contar lo inesperado del suceso. El mal estaba llamando a la puerta y nosotros hemos abierto.
P. ¿Cuál fue el origen de la historia?
R. Creo que primero fue el marco y luego el cuadro. Yo viajo bastante, y en esos viajes bebo en abundancia, cosa que no suelo hacer en estado sedentario. A veces te encuentras con desconocidos compañeros que, para quitarse el miedo a volar o porque se aburren, te sueltan, también bebidos, cosas que nunca han contado. En las largas travesías aéreas escuchas a médicos que te hablan de enfermedades mantenidas en secreto por los Gobiernos, a mujeres bellísimas que narran tranquilamente sus adulterios o a empleados de grandes bancos que confiesan las abominaciones que realizan por orden de sus jefes... A veces, el viaje es el relato y el relato es el viaje. Hay una relación directa entre un viaje y un relato oral. Así que lo primero que me vino a la cabeza fue una narración que dura lo que el recorrido de un tren. En este caso, desde Bagdad -origen de cuentos maravillosos- a una ciudad atlántica, Lisboa, un finisterre donde todo acaba y todo puede volver a empezar.
P. Lo que resulta infrecuente es que usted decidiera escribir su primera novela cuando, a una edad tardía, anunció que se retiraba de la profesión del cine, oficio al que dedicó casi 40 años.
R. Nunca he querido ser un escritor ocasional, como tampoco hubiera querido ser un director de cine ocasional. O lo uno o lo otro. Se es escritor de noche y de día, dormido o despierto, cuando estás escribiendo y también cuando estás regando las plantas. Y lo mismo ocurre cuando eres director de cine. Así que hasta que no dejé lo uno no emprendí lo otro. Cuando de la editorial Anagrama me pidieron información para la solapa -la filmografía, claro, porque bibliografía propia no hay- propuse los datos de lo que yo sería ahora si hubiera seguido mi dedicación primera: escritor y profesor. Algo así como: "Profesor de Filosofía en Villarrubia de los Montes, tiene una obra sobre los amores juveniles de Menéndez Pelayo y otra sobre el primer Unamuno y el último Hegel. No se le debe confundir con su primo, el director de cine del mismo nombre". Pero Herralde no quiso, claro. Como se ve, prefiero ser dos personas distintas que un solo Gutiérrez verdadero.
P. ¿Le resultó muy duro escribir esta novela de 250 páginas?
R. La verdad es que me lo pasé muy bien. Sentía alegría, sensación de poder... También me sentí muy rejuvenecido: mi primera vocación fue ser escritor, cuando aún no había descubierto que las películas las hacía un director. Cuando la escribía no quería ponerle punto final, entregarla al editor. Pasaban las semanas y siempre encontraba un pretexto para seguir corrigiendo, o cambiar párrafos de sitio. A diferencia del cine, sólo dependes de ti mismo. No importa que llueva o granice, que el productor recorte el presupuesto o que el actor no se entienda con la actriz... Sobre todo, hoy en día las negociaciones de financiación, televisiones, ministerios, son muy largas. Me parece una tremenda pérdida de tiempo. Para mí ha sido una sensación nueva el conseguir avanzar en el trabajo sin depender de otros.
P. ¿Y no añora su primer y dilatado oficio, el cine?
R. Del cine echo de menos al equipo de rodaje, al montador, al ayudante, la script... toda esa gente que cree en la película y que se mata por ella. Hay mucha pasión en el cine. La literatura es un placer solitario. Hay que constatar que en nuestra juventud el cine nos inició en el sexo. En las novelas había amor, pero en el cine descubrimos que el verbo se hacía carne. Creo que el motivo decisivo de mi retirada de la dirección cinematográfica fue el día en el que me di cuenta de que el director que más me gustaba era Tim Burton. Me pareció que algo se me había roto por dentro: volvía a la época de los juguetes.
P. Usted afirma que su novela no lo es sobre el 11-M, pero en ella juega un papel importante y hay una notable documentación sobre las costumbres islamistas...
R. El tema de la novela es el encuentro entre desconocidos, alguno de ellos peligroso, como los amigos "malos" de Pinocho. Por ejemplo, lo que le sucede a Ángel, que, siendo adolescente, se ve metido sin querer, pero poco a poco a sabiendas, en una conspiración islamista algo cutre, pero no por ello menos criminal. Lo que allí ocurre es la fascinación de la mosca por la araña y su pánico final. Algo así es lo que se cuenta en la La isla del tesoro con los piratas. La información sobre el islamismo terrorista no me fue difícil, es bastante abundante, para mí más que suficiente. (El mejor libro que conozco es el de Manuel Marlasca y Luis Rendueles, Una historia del 11 M que no va a gustar a nadie). Lo que se me hizo más arduo fue meter los datos reales en la ficción. Fui un par de veces a Asturias, hablé, me informé. Visité Mieres, Avilés... en fin, luego, en la novela, la cosa se queda en poco, pero te da seguridad. Lo mismo en Madrid, en Fuenlabrada. El sitio de Véspero, en Asturias, está inventado. En realidad, el 11-M casi no sale en el texto, ya que no trata de eso. Sí aparece la preparación previa, las idas y venidas de Ángel con los islamistas y los vendedores de dinamita, los traficantes y los policías. El submundo. Pero el terrorismo explícito sólo es un 5% de la novela. Lo que más abunda en el texto son padres, amantes, novias, vacas, cerdos y morcillas. La vida sobre la muerte.

10 de noviembre de 2009

El libro de la venganza Benjamin Taylor

http://imagen2.zonadecompras.com/portadas/gr/EL-LIBRO-DE-LA-VENGANZA.jpg

Inicio de 'El libro de la venganza', de Benjamin Taylor


El talento de Taylor retratando la América judía de los años setenta es enorme, y no es de extrañar que Philip Roth haya confesado que disfrutó de lo lindo leyendo El libro de la venganza, su segunda novela llena de guiños a la obra de Bellow, cuyas cartas precisamente editará para Penguin en breve, y al estilo de Herzog, al propio Roth, el de El lamento de Portnoy y el de las comedias satíricas de frustración sexual y crítica social, sin duda al Nabokov histriónico de Zembla en Pálido fuego y seguramente al legendario relato de Salinger, El guardián entre el centeno, con el que no comparte su seductora primera persona pero sí en cambio su escapada de la adolescencia y las formas de la novela de aprendizaje. Gabriel Geismar, el hijo gay de un rabino de Nueva Orleans del que huye despavorido hacia la tierra prometida de la ciencia y el saber en un college de Pensilvania, protagoniza una novela de campus fuera del campus y una comedia sentimental o, mejor dicho, un triángulo amoroso poco canónico junto a los hermanos Daniel y Marghie Hundert, que tiene algo de esa american beauty entre el sueño americano y la parodia de su propio way of life. En el tarro de los arteros detalles ideológicos está la buena esencia de esta novela, la burla de la influencia de la publicidad en el noble (y consumista) pueblo americano, en su imaginario colectivo demasiado subordinado al star-system de Hollywood, como le sucede a Marghie, o en su obsesivo deseo de alcanzar la fama, como decía Warhol -la referencia al escritor maldito Dunallen, "que no había tenido más impacto que un pétalo de rosa al caer a un pozo", no tiene desperdicio- o al menos ese apetitoso millón de dólares antes de los treinta. Taylor es un retratista excepcional, y la novela todo un descubrimiento, pues al ritmo endiablado que consigue darle a su narración, que la traductora ha sabido conservar de forma impecable, le añade una sorprendente capacidad para trazar a sus personajes sin necesidad de dedicarle a ello más de esas 185 páginas que tiene la novela. Junto al futuro astrofísico Gabriel, que torturaba insectos de niño, y los adolescentes tratando de descubrir su identidad y de moldear su futuro, Taylor coloca al célebre físico Gregor Hundert y a su familia de émigrés de la vieja Hungría que alcanzan en EE UU el mismo éxito que frustración, mirando al pasado oscuro en Europa a pesar del luminoso presente americano, una familia de la que forma parte se integra el joven científico Gabe con todas sus consecuencias.
Taylor ha escrito, como el mismo texto delata en forma de guiño, una "opera buffa seria", muy seria, que acaba con Danny tratando de asesinar a un ex ministro culpable de genocidios en Camboya y tiranías en Chile, entre entomólogos, manicomios, mofas de "ese ex actor de la Warner-Brothers elegido presidente de los Estados Unidos", y una demoledora ironía que sólo se ve superada por el humor burlón, el cosmopolitismo nabokoviano y esa insólita capacidad plástica de su estilo. A partir de ahora habrá que seguir las aventuras literarias de ese enfant terrible llamado Taylor y, pese a que la temporada no ha hecho sino empezar, El libro de la venganza ya se postula como una de sus novedades indispensables.

7 de noviembre de 2009

Sam Savage regresa con una novela epistolar 'El lamento del perezoso'.

Carpintero, pescador, mecánico de bicicletas, tipógrafo, profesor de filosofía. Sam Savage fue casi todo en la vida antes de ser escritor. O por lo menos antes de ser un escritor publicado. En 2006, cuando ya sumaba más de 60 años, una pequeña editorial de Minneapolis -Coffee House- publicó su primera novela. Su título era 'Firmín' y estaba protagonizada por un ratón solitario amante de la lectura. Un año después la editorial Seix Barral compró los derechos para el mundo.
Desde entonces, Savage no ha dejado de ser leído: 'Firmín' ya suma más de un millón de ejemplares vendidos. Ahora se publica su segunda obra, 'El lamento del perezoso', un libro conformado por la correspondencia que un hombre -Andrew Whittaker, director de una revista literaria y a punto de la quiebra- mantiene durante cuatro meses. Savage aparece con más humor, pero con la misma carga de humanidad y ternura que en 'Firmín'.
"En realidad no sé por qué elegí la forma de correspondencia -dice Savage, desde su casa en Wisconsin-. Cualquier mañana uno se despierta con una idea, simplemente. Cuando ya había escrito la tercera o cuarta carta de Whittaker, me quedó claro que ese sería el formato del libro". Cartas que pueden estar dirigidas a su ex esposa o ser una lista compras; que son bosquejos de relatos o sumas de deudas por pagar. Cartas que unidas conforman la vida del protagonista.
De nuevo Sam Savage presenta a la literatura como una fórmula contra la soledad. Así fue en Firmín y así es en El lamento del perezoso. "A medida que el libro avanza, Whittaker se vuelve más aislado -explica Savage-. Las cartas, e incluso los fragmentos de ficción incluidos, hacen que los demás estén más ausentes. Los personajes de ambas novelas comparten una especie de fe desesperada en el poder de salvación del arte".
- Ahora que está dedicado solo a escribir, ¿cuál es su rutina de trabajo?
- Escribo todos los días, toda la mañana, y a veces por la tarde, si la escritura va muy bien. Lo hago sin planes y sin esquemas. Trato de no pensar demasiado en el futuro. De hecho no tengo idea de cómo terminará un libro hasta que llega al final. Me gusta que el texto crezca por sí solo. Sé que algunos escritores planean cada detalle de sus novelas con anticipación. Yo ni siquiera puedo imaginarme haciendo eso.
Savage tampoco puede imaginarse escribiendo una novela en la que sus personajes salgan por el mundo a realizar grandes actos heroicos, por ejemplo. Sus argumentos son sobre la vida íntima, sobre los conflictos cotidianos y casi siempre pequeños. "Estoy fascinado por los sucesos del mundo, me obsesiona la política, me encanta leer libros de historia -cuenta Savage-. Pero por razones que no entiendo nada de eso entra en mi escritura. En mis textos solo me interesa el personaje y cómo se expresa en el lenguaje. Por eso están escritos en primera persona".
-¿Desde el principio pensó en un ratón como personaje de 'Firmín'?
-No. Incluso escribí las primeras páginas con la idea de que el personaje era un hombre. Después me di cuenta de que era una rata. O tal vez no lo era. Tal vez era un hombre que se imagina a sí mismo como una rata.
A pesar de entregarse a las letras, Savage no es optimista sobre el futuro de escritores y novelas. "Creo que cada vez menos personas, en especial en Estados Unidos, son capaces de leer oraciones complejas. Es posible que hayamos entrado en el crepúsculo de una forma artística. Me imagino que siempre habrá algún tipo de arte, pero quizá la novela va camino a unirse a la poesía épica como un artefacto del pasado".
-Empezó a publicar tarde. ¿Fue mejor así?
-Me hubiera gustado empezar antes, porque habría podido hacer mucho más. Pero como sucedió fue mejor. Como empecé a publicar cuando ya estaba viejo, no pienso en mí mismo como un escritor de carrera. Y eso es una buena cosa.
Ya está por ponerle punto final a su tercera novela, que se llamará El mecanógrafo que se perdió en el mar (una historia de amor). "Como las otras, está escrita en primera persona. La narradora es una mujer vieja". Savage dice que no tiene ambiciones literarias, pero no deja de escribir. Su sueño, sin embargo, es volver a uno de sus viejos oficios: el de pescador. Le gustaba trabajar en su pequeño barco. Y estar solo.

Carátula de la novela 'El lamento del perezoso', del escritor Sam Savage

Planeta

El último Dickens; Matthew Pearl



El último Dickens
Colección: Fuera de Colección |  Páginas: 488 |  Fecha de publicación: 28/8/2009
Género: Novela |
ISBN: 978-84-204-2353-1

Manu Berástegui
Un apasionante y vertiginoso thriller que reabre uno de los más grandes enigmas literarios de la historia. ¿Qué ocurrió con la novela inconclusa de Charles Dickens? ¿Hubo alguna relación entre la repentina muerte del escritor más admirado en vida, y esta misteriosa obra cuya sola mención deja un rastro de cadáveres en tres continentes?

Una brillante y adictiva trama que mezcla el tráfico del opio y la literatura, el efervescente Boston de fines del siglo XIX, el Londres victoriano y la India colonial.

Dejará sin aliento a la cada vez mayor legión de seguidores del maestro de la novela histórica de intriga, y atrapará desde la primera página a los nuevos lectores.

· La crítica ha dicho
«Matthew Pearl es la nueva estrella deslumbrante de la ficción literaria. Un autor superdotado.» DAN BROWN

«Brillante y erudito.» The New York Times

«Irresistible... Admirable.» The Observer