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8 de mayo de 2010

Hallado en EE UU un manuscrito inédito de José Luís Borges

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Casi cuatro páginas manuscritas con una letra tan minúscula que hace falta una lupa para leerla, el relato inacabado de los desheredados nietos de un héroe de la guerra de independencia, un manuscrito inédito que podría ser la novela que no quiso escribir el padre de todos los cuentos.

Jorge Luis Borges empezó y abandonó un texto que hoy reflota entre los documentos que sobre el argentino posee el Harry Ransom Center for the Humanities de la Universidad de Austin (Tejas, EE UU). El manuscrito no tiene ni fecha ni título, pero se calcula que lo escribió en 1950. El título con el que se le identifica es Los Rivero.
El crítico y profesor de la Universidad de Brown Julio Ortega lo descubrió en lo que él califica su "peregrinaje por la pasión borgiana". "Todo lector de Borges busca las fuentes, las primeras ediciones, los manuscritos... Reconocí la letra, que en este manuscrito revela el progreso de su ceguera. El manuscrito de El Aleph, que está en la Biblioteca Nacional de Madrid, es mucho más legible que este". Para Ortega, Borges abandonó Los Rivero cuando se dio cuenta de que no era un cuento sino una novela que le exigía extenderse. Descreído de un género del que huía y renegaba, dejó de lado su relato. "Se trata de la historia de los nietos de un coronel que peleó como lancero en las guerras de la independencia americana. Estos nietos viven en la pobreza y en la marginación. Son los descendientes de los fundadores de la República que han perdido la República. Viven en una melancolía amarga, viven en la memoria del héroe, del bien perdido, en un estado fantasmagórico, en el culto al pasado".
El texto manuscrito de Los Rivero arranca así: "Hacia 1905, la cancel de hierro forjado había cedido su lugar a una puerta de madera y cristales y bajo el llamador de bronce había un timbre eléctrico, ahora, pero en general la casa de los Rivero -con el zaguán oscuro, con los patios de baldosa colorada, con el aljibe inútil y con una higuera en el fondo- correspondía con suficiente rigor al arquetipo de casa vieja del barrio Sur, y el espectro del coronel Clemente Rivero (que murió, desterrado, en Montevideo, dos meses antes del pronunciamiento de Urquiza) lo habría identificado sin mayor dificultad".
El texto íntegro formará parte de una edición de lujo que verá la luz este 25 de mayo. Un total de 100 ejemplares que incluyen un facsímil del manuscrito, su transcripción, fotografías y una serie de dibujos del argentino Carlos Alonso inspirados en el relato. A cargo del Centro de Editores, el proyecto ha contado con la colaboración de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges. "Hemos querido conmemorar así el Bicentenario de la Revolución de Mayo Argentina", apunta su editor, Claudio Pérez Míguez.
"María Kodama lleva mucho tiempo intentando reunir todos los manuscritos de Borges", continúa Ortega. "Lo más probable es que este texto fuera a parar al Centro Ransom de manos de un amigo o traductor de Borges, o quizá lo vendiera uno de sus sobrinos a un anticuario y el Centro lo acabó comprando".
Ortega asegura que es fácil, una vez que uno se acostumbra, descifrar la letra de Borges. "Es muy interesante cómo al estar casi ciego su letra, que era preciosa, se vuelve aún más simétrica y muy cerrada. Escribía de memoria".
En su minúscula letra, escribe Borges: "Es sabido que la historia argentina abunda en glorias familiares y casi secretas, en próceres que llegan a ser el nombre de una calle; tal vez no huelgue recordar al lector que el coronel Rivero fue el héroe de la primera carga de Aturia, título que en vano le niegan todos los historiadores venezolanos, víctimas de la envidia y del localismo, y que defienden con razones irrefutables los argentinos amantes de la verdad. En el desorden de las guerras de la independencia de América, el coronel Rivero tuvo un claro momento de gloria, cuando "lanceó a los godos" y decidió la suerte de una provincia; sus bisnietos guardaban con piedad y con justificadísimo orgullo el hierro de la lanza que blandió entonces".
Borges llamó a Los Rivero "crónica", crónica histórica sobre unos huérfanos de los que hoy sólo sabemos que siendo "descendientes directos de los guerreros que la habían fundado y defendido no contaban ya para nadie".

20 de abril de 2010

El primer escritor americano, Mark Twain II

Mark Twain
Manuscrito de 'Las aventuras de Huckleberry Finn', novela considerada la obra maestra de Twain.

El primer escritor americano

por VIRGINIA HERNÁNDEZ
Para muchos Mark Twain es sinónimo de novelas juveniles y largas tardes de agosto, pero lo cierto es que el escritor de Misuri está considerado uno de los más importantes de la literatura estadounidense. Twain, seudónimo de Samuel L. Clemens (1835-1910), ya fue popular cuando estaba vivo (algo que entonces experimentaban muy pocos) y supo retratar —y criticar— como nadie las injusticias de su época y de su tierra, el sur de EEUU: el racismo, la segregación, el maltrato, el odio, los excesos…
El autor, considerado el Charles Dickens del nuevo mundo, fue maestro de maestros. Buena prueba de ello son los elogios de escritores que supusieron tanto para el siglo XX como William Faulkner, Norman Mailer o Ernest Hemingway. «Fue el primer escritor verdaderamente americano y todos nosotros somos sus herederos», dijo el autor de 'Luz de agosto' o 'Mientras agonizo', sureño como Twain y tan curtido como reportero como lo estuvo su antecesor. Para Mailer «la prueba de lo buena que es 'Huckleberry Finn' es que puede ser comparada con las mejores novelas modernas». Algo que compartió el escritor de '¿Por quién doblan las campanas?': «Toda la literatura moderna americana procede de un sólo libro de Mark Twain titulado 'Huckleberry Finn'. Todos los textos estadounidenses proceden de este libro. No hubo nada antes. No ha habido algo tan bueno desde entonces».
Aunque con su habitual ironía, Twain aseguró que «un clásico es alguien a quien todo el mundo querría haber leído pero que nadie quiere leer», Huckleberry, el espíritu libre que acompañó a Tom Sawyer y ayudó a escapar al negro Jim, nos muestra las miserias humanas sin reparar en remilgos absurdos. Aunque acaben en la moraleja que la conciencia de Twain imprimió a su vida. Sus personajes no tienen la misión divina de buscar la justicia y seguir el camino recto; son criaturas y por ello sienten envidia, ira y quieren, como fin último, salvar su cuello. Así lo expresó en 'Los inocentes en el extranjero', el libro de viajes que salió de su periplo por Europa y los territorios palestinos: «Y así va el mundo. Hay veces que deseo que Noé y su comitiva hubiesen perdido el barco». No confía en los humanos, pero espera poder hacerlo.
Sus vivencias marcaron sus escritos. La infancia de niño enfermo y la pérdida de su padre labró sus inicios. Su trabajo como práctico de un vapor del Misisipí, su labor como reportero del periódico de su hermano, la Guerra de Secesión, los éxitos, sus viajes, la pérdida de su esposa y de tres de su cuatro hijos, su riqueza y su ruina. Un recorrido vital que fue afianzando su vena más sarcástica y que rozó con la amargura. Su legado más ácido llegó después de su muerte. Los albaceas publicaron de forma póstuma su autobiografía y los textos más críticos que muestran su tormento: hasta 1946 no vieron la luz 'Cartas desde la Tierra', en las que el propio Satanás se plantea la relación entre Dios y los hombres. «Ellos rezan por ayuda y favor y protección cada día; y lo hacen con confianza a pesar de que ninguna oración ha sido jamás contestada». 

El viajero del Misisipí: Mark Twain

por RAQUEL QUÍLEZ
Twain, junto a su esposa Olivia Langdon y sus tres hijas, a la entrada de su casa de Hartford. | AP
Fue Samuel Langhorne Clemens hasta los 28 años, cuando se entregó de lleno a la pluma. Mark Twain fue el pseudónimo erigido a modo de barrera entre una vida intensa antes y después. Aderezada siempre con ironía, marca de la casa. «Dentro de 20 años estarás más decepcionado por lo que no hiciste que por lo que hiciste», dijo. Y se aplicó con rigor la premisa.
Se cumplen ahora 100 años de la muerte del genial escritor que nació el 30 de noviembre de 1835 en Florida (Misuri), donde sus padres habían emigrado para estar cerca del 'tío John', un próspero comerciante dueño de una granja y unos 20 esclavos negros. También su padre se dedicó a la tierra, actividad muy lucrativa en un país en plena efervescencia expansionista. Eran los años de las grandes plantaciones de algodón, de los desgarradores cánticos de lamento... Y todo quedó plasmado en sus obras.
A los cuatro años, su familia se trasladó a Hannibal, pueblo ribereño del Misisipí que sirvió de inspiración para el San Petersburgo de Sawyer y Huckleberry Finn, sus grandes creaciones. Twain siempre bebió de su experiencia. A los 12 años quedó huérfano de padre, dejó los estudios y se empleó como aprendiz de tipógrafo. Así empezó a familiarizarse con las letras y pronto llegaron las primeras colaboraciones en redacciones de Filadelfia y Saint Louis. Pero el cuerpo le pedía cambios y pasados los 18 años decidió iniciar sus viajes en busca de fortuna. Fue piloto de un vapor fluvial —la actividad, confesó, que más feliz le hizo en su vida—, inspeccionó minas de plata, fue buscador de oro... Eran los años de la conquista del Oeste. Se habían descubierto metales preciosos en California y el país entero cambió su eje en busca de suerte. Pero, uno a uno, sus sueños se fueron frustrando: la Guerra de Secesión de 1861 interrumpió el tráfico fluvial, las minas de Nevada resultaron demasiado duras, y el oro tampoco apareció como esperaba.

La tabla de salvación de la literatura

La pluma se convirtió en el modo más realista de ganarse la vida. Trabajó como periodista en varias cabeceras y le dio a la ficción hasta que en 1865, año en que termina la guerra salvando la unidad del país, le llegó su primer éxito: 'La famosa rana saltarina de Calaveras'. Lo firmaba Mark Twain, expresión del Misisipí que significa dos brazas de profundidad, el calado mínimo para navegar. Empezó entonces una etapa de continuos viajes como periodista y conferenciante que le llevaron a Polinesia, Europa y el cercano Oriente. Y también los inmortalizó en libros: 'Los inocentes en el extranjero' (1869) y 'A la brega' (1872), en el que recrea sus aventuras por el Oeste.
Tras casarse en 1870 con Olivia Langdon, hija de un capitalista muy activo en la lucha antiesclavista, se estableció en Connecticut. Se acabó la vida de nómada y comenzó la crítica social denunciando la corrupción política o las ansias por enriquecerse a cualquier precio. Seis años más tarde publicó su primera gran novela, 'Las aventuras de Tom Sawyer' (1876), basada en su infancia. Después llegaron las de Huckleberry Finn (1884), también ambientadas en el ribera del gran río, aunque menos autobiográficas. Y de nuevo sus propios pasos en 'Vida en el Mississippi' (1883), sobre su añorada etapa como piloto fluvial.
Las cosas le iban bien, incluso crea en 1884 su propia editora, la Charles L. Webster and Company. Pero, poco a poco, la vida empieza a torcerse. Y la amargura invade sus páginas. En 1893 invierte en un nuevo tipo de máquina que mecanizaba el proceso de composición de texto, la linotipia Paige, y pierde mucho dinero, por lo que debe mudarse a Europa y recorrer el mundo como conferenciante para recuperarse. Dos de sus hijas mueren, por meningitis y epilepsia, y su mujer enferma y también pierde la vida. Esos últimos años no fueron fáciles para Twain. Ya en 'El forastero misterioso' (novela póstuma publicada en 1916) afirma que se siente como un visitante sobrenatural, llegado con el cometa Halley y dispuesto a abandonar la Tierra con la siguiente reaparición del astro, que ponía fin a su ciclo de 79 años. Y fue así como sucedió.
Falleció el 21 de abril de 1910 en Redding (Connecticut) , pero incluso con su muerte tuvo que recurrir a la ironía. Y es que el New York Journal se adelantó y en 1897 ya publicó su deceso. Letal error al que Twain respondió con una carta al director: «James Ross Clemens, un primo mío, estuvo seriamente enfermo en Londres hace dos semanas. La noticia de mi enfermedad derivó de la enfermedad de mi primo; la noticia de mi muerte fue sin duda una exageración», decía. Escéptico, solía afirmar: «Y así va el mundo. Hay veces en que deseo sinceramente que Noé y su comitiva hubiesen perdido el barco». Y así lo vivió él. Genio y figura hasta en la muerte.

19 de febrero de 2010

poema inédito de Neruda

La pieza desconocida, que está referida a Valparaíso, la ciudad donde se celebra el Congreso, es una especie de juguete poético.
 
Academias llevan a Chile poema inédito de Neruda
sopresas   Chile respira poesía por todos los lados, y el género tendrá un protagonismo especial (Foto: Archivo EL UNIVERSAL )

La edición popular conmemorativa de Pablo Neruda, que han preparado las Academias de la Lengua Española para el Congreso Internacional que se celebrará en Chile en marzo, es "una excepcional antología" que contiene un poema inédito "muy entrañable" y escrito en clave. Este inédito, que está referido a Valparaíso, la ciudad donde se celebra el Congreso, y que es una especie de "juguete poético", fue revelado por el director de la Real Academia Española, Víctor García de la Concha, en un desayuno informativo en la sede de la Agencia Efe y que estuvo protagonizado también por la directora del Instituto Cervantes, Carmen Caffarel.
Como dijo Caffarel, "Chile respira poesía por todos los lados", y en el Congreso este género literario tendrá un protagonismo especial, que quedará patente en diferentes homenajes y en las antologías que tanto las veintidós Academias de la Lengua como el Cervantes han preparado para este gran encuentro cultural, cuyo lema es "América en la lengua española".
Los dos homenajes más importantes del V Congreso Internacional de la Lengua Española se rendirán a "dos grandes voces de América y Premios Nobel": Pablo Neruda y Gabriela Mistral, escritores chilenos a los que las Academias de la Lengua han dedicado sendas ediciones conmemorativas, que se presentarán esos días.
Según afirmó García de la Concha, la iniciativa de dedicar una edición de este tipo a Neruda partió de la Academia chilena y del Gobierno de ese país, y el resultado es "una excepcional antología, coordinada por Hernán Loyola, gran especialista" en el autor de "Veinte poemas de amor y una canción desesperada".
No es fácil encontrar inéditos de Neruda, pero la edición de las Academias contiene uno, que "es muy entrañable y que está referido a Valparaíso". El autógrafo ha sido cedido por Nurieldín Hermosilla, "un nerudista generosísimo", comentó el director de la RAE.
El poema guarda relación con el momento en que, durante la dictadura militar de los años 40, "Neruda tiene que andar escondido de una parte a otra y, entonces, una familia de Valparaíso le presta asilo en una casita de uralita, elemental".
El gran escritor chileno, que murió el 23 de septiembre de 1973, pocos días después del golpe de estado de Augusto Pinochet, habla de aquellos momentos de 1948 en su poema "varias veces, y premia el cariño de esa familia" con una especie de "juguete poético", escrito en clave.
El nerudista que ha cedido el autógrafo se ha encargado también de "explicar las claves" de lo que cuenta el Premio Nobel chileno.
El escrito inédito va en un apéndice de la antología y el propio Neruda deja claro el carácter "espontáneo" del texto y dice que no estaba "todavía para publicar", señaló García de la Concha.
La edición conmemorativa lleva el título de "Antología general", en un claro guiño al "Canto general" de Neruda, y permite seguir "magníficamente" la relación del escritor con su producción poética".
La antología lleva varios estudios introductorios y temáticos "realmente excepcionales", firmados por Jorge Edwards, Hernán Loyola, Marco Martos, Pere Gimferrer y Francisco Brines, entre otros.
En cuanto a Gabriel Mistral, la edición reúne los cuatro libros de poesía que publicó en vida, además de otros textos poéticos que pueden considerarse "casi inéditos" porque fueron publicados en revistas sueltas.
"Hemos echado mano del legado de Gabriel Mistral, recientemente adquirido por el Gobierno chileno y que está depositado en la Biblioteca Nacional de Chile", explicó García de la Concha.
La antología de Gabriela Mistral contiene también textos en prosa, una dimensión "poco conocida" de la gran escritora chilena, "siendo una prosista excelente", aseguró García de la Concha.
"De ahí sale una figura de Gabriela Mistral bastante distinta de la que circula habitualmente, la de la 'maestrita' de América. Aparece una mujer mucho más compleja, más rica y con muchas más dimensiones, desde la política y el compromiso social hasta la actitud hacia el indigenismo".
El académico chileno Cedomil Goic se ha encargado de la selección y fijación de los textos de Mistral.
Por otra parte, la Antología de la poesía hispanoamericana que ha preparado el Instituto Cervantes para el Congreso de Chile le hace hueco a los poetas más jóvenes, "a los que tienen ahora entre 30 y 50 años". Esos que, "seguramente, ganarán el Premio Cervantes en el futuro", dijo Carmen Caffarel.
El venezolano Gustavo Guerrero se ha encargado de coordinar la antología del Cervantes, que va acompañada de un vídeo, realizado por la Agencia Efe, en el que los poetas leen poemas suyos y "desvelan su proceso de creación", agregó la directora del Cervantes.

3 de enero de 2010

La amistad entre Gabriel García Márquez y Jaime Gabazón

Gabriel García Márquez

El escritor de fama universal hace una visita al dentista de fama universal
La amistad entre Gabriel García Márquez y Jaime Gabazón, narrada en una deliciosa crónica por el peruano Julio Villanueva Chang.
 

El doctor Jaime Gabazón abrió la puerta de su clínica dental de Cartagena de Indias y descubrió a García Márquez tan solo como un astronauta en su sala de espera. Eran las dos y treinta de la tarde del 11 de febrero de 1991 y el paciente había llegado puntual a su primera cita. "En siete años nunca llegó tarde", me contaría tiempo después el odontólogo. En su mesa de centro había literatura de consultorio de dentista, unas cuantas revistas para bostezar la espera y empezar a caer bajo los efectos sedantes de una música de fondo. El doctor Gabazón parecía muy despierto bajo sus anteojos de lector de dentaduras. Tenía esa bonhomía que transpira la gente de la costa de Colombia y unos bigotes que se esmeraban por competir con su sonrisa simétrica. Aquella primera vez García Márquez había llegado hasta allí en su automóvil con chofer, en un barrio de la ciudad cuyo nombre es perfecto para un dentista: Bocagrande.
Cuando el odontólogo salió a recibirlo, el escritor acababa de completar de puño y letra la ficha de su historia clínica: “Nombre del paciente: Gabriel García Márquez. ¿Cuál es su ocupación? Paciente vitalicio. Número de teléfono: Cortado por falta de pago. Si es casado, ocupación de su esposa: Sí, no hace nada. ¿Para qué compañía trabaja su esposa? Ya quisiera yo saberlo. Nombre de la persona responsable por el pago del tratamiento: Gabo, el hijo del telegrafista. ¿Tiene usted alguna molestia o dolor? Molestia sí, el dolor vendrá después. ¿Nos podría decir quién lo recomendó al doctor? Su fama universal”. Fue lo que García Márquez había escrito en esa primera dramática visita que tarde o temprano todos hacemos al consultorio de un sacamuelas. “Un cuento es lo que te cuentas a ti mismo en la sala de un dentista mientras aguardas tu cita con él”, dijo John Cheever.
El maestro
Los primeros siete años de consulta el odontólogo trató a García Márquez con el respetuoso vocativo de maestro. Luego empezó a llamarlo compadre. Cuando se enteró de que la esposa del doctor estaba embarazada de su sexto hijo, García Márquez le preguntó con el entusiasmo de un cura recién ordenado: “¿Y cuándo lo bautizamos?”. Iba a ser el primer hijo varón del dentista. Pero no entendió esa pregunta hasta que alguien que había vivido en México le explicó que en ese país, donde el escritor tiene residencia, a veces el honor de ser padrino se pide a los padres y no al revés. El día del bautismo, García Márquez y su esposa Mercedes Barcha fueron los primeros en llegar a la iglesia. -No creo que nada sea casual -me diría su dentista-. Fue un bautizo macondiano.
Aquella ceremonia no fue la primera coincidencia familiar. El doctor Gabazón recordaba que las familias de ambos habían sido vecinas en el barrio de Pie de la Popa y que la hermana de García Márquez iba a jugar a su casa con la suya. Por entonces el dentista era un bebé de un año y el escritor debía de ser un veinteañero que andaba mamando gallo, ese modo tan caribeño de tomarte el pelo y vacunarte contra toda solemnidad. Eran de generaciones distantes: cuando García Márquez ganaba el Nobel de Literatura, Gabazón hacía un postgrado de Rehabilitación Oral en Ohio State University. La primera vez que el paciente visitó la casa de quien iba a ser su compadre, el novelista entró por la puerta principal y salió por la de la cocina para saludar a las muchachas de servicio.
Según el médico, a García Márquez le gustaba repetirle que cada vez que llegaba a Cartagena de Indias era a él al primero que telefoneaba. Desde que lo visitó en su consultorio, la vida del doctor Gabazón sufrió una metamorfosis. El odontólogo era invitado a leer un fragmento de Cien años de soledad en el Museo Naval de Cartagena. Sus amigos le enviaban libros para que García Márquez se los dedicara. Una firma. Un garabato. Por favor. Las señoras le rogaban fotografiarse con él. Una sola vez. Un minuto. Por favor. Los pacientes que llegaban a su consultorio veían, frente al sillón negro donde se acostaban, un cuadro con una fotografía del paciente ilustre y su odontólogo envidiado.
El escritor aparecía recostado en el mismo sillón que ellos y llevaba una camisa negra y las manos tan juntas como si el dentista lo hubiese maniatado. Quienes veían aquel retrato en colores creían que podía ser la travesura de una computadora caribeña, el burdo montaje electrónico de un fanático. Lo cierto es que el cuadro parecía servir al dentista como una primera anestesia para sus pacientes. De un golpe de vista se olvidaban de sus muelas y la mueca de dolor se enderezaba en la pregunta de siempre. ¿Qué hacía García Márquez allí?
El maletín negro
Cinco años después de conocerlo en su consultorio de Cartagena de Indias, el doctor Gabazón abrió ante mí un maletín negro que guardaba bajo una clave de seguridad. Se acababa de mudar con su familia a Tampa, Florida, luego de haber tenido que partir de Colombia, donde él y su esposa eran militantes evangelistas de una comunidad cristiana. Ambos predicaban en barrios populares donde no eran bienvenidos por la guerrilla de ese país. Era una noche de otoño y el dentista vestía una camisa negra poblada de árboles. Estaba de pie, frente a la mesa del comedor de su nueva casa, buscando algo en el maletín que acababa de abrir. Su mudanza a Estados Unidos no terminaba. En el piso, aún había cajas por desempacar. Por debajo de la mesa se paseaba Blackie, un perro pincher en miniatura, de quien el dentista decía que sólo le faltaba hablar. En las paredes colgaban pinturas de su esposa, la artista plástica Ángela Schiappa. En los meses posteriores a su llegada, el doctor Gabazón aún no podía ejercer de odontólogo en Florida. Mientras tanto trabajaba de ceramista dental en un laboratorio de prótesis molares. Se había vuelto un escultor de dientes de porcelana. Ya era la medianoche y el dentista extrajo del maletín una minúscula bolsa de terciopelo azul, parecida a esas donde los joyeros guardan metales preciosos para protegerlos de los rasguños y del maltrato del tiempo. En uno de los cuartos, Jaime Enrique de Jesús, su hijo menor y ahijado del escritor, se había quedado dormido. Había visto una fotografía en la que García Márquez y su mujer estaban con él frente al cura en el instante del bautizo. Entonces era un bebé y ahora tenía siete años. Si le preguntaba sobre su padrino, no recordaría más que lo que sus padres le contaron. Pero esa noche el doctor Gabazón parecía estar dispuesto a mostrarme lo que no me había confiado cinco años atrás, cuando lo conocí en su consultorio de Bocagrande. En esa bolsa de terciopelo azul guardaba un secreto.
No fueron nada novelescas las razones que llevaron a García Márquez al consultorio del doctor Gabazón. Un odontólogo de Bogotá había operado una corrección en la dentadura del escritor y éste le recomendó al ortodoncista Luis Eduardo Botero para que continuase su tratamiento en Cartagena de Indias. Era una operación de rutina con uno de esos especialistas que te enderezan los dientes en mala posición. El ortodoncista devolvió la dentadura del escritor a su sitio pero le diagnosticó un mal periodontal. En buen castellano, un dolor de encías. Era la especialidad del doctor Gabazón. Fue así como aquella tarde de febrero de 1991 descubrió al hijo del telegrafista en la sala de estar de su consultorio de Bocagrande, luego de que éste escribiera los datos de su historia clínica en una ficha de cartón que le había entregado su secretaria Onira Madera.
-Fue como un mandato de Dios -me dijo Gabazón trece años después en su casa de Florida.
Durante las consultas, García Márquez se volvía más terrenal cuando hablaba de política. Un día el dentista se atrevió a comentarle algo sobre Dios.
-Gabo hizo lo que cualquier persona. Dio un muletazo y pasó a otro tema.
El odontólogo entendió que debía evitar asuntos divinos en sus conversaciones con el novelista. Pero había una pregunta metafísica: qué diablos iba a hacer con sus recuerdos cuando Gabriel García Márquez se muriera.
-Uno nunca sabe -me dijo-. Hasta uno se puede morir antes que él.
-Los dentistas no van al Cielo
-Fíjate que yo sí voy -respondió.
No está mal saber que uno va siempre hacia alguna parte. Sentirse un hombre bueno parecía ser la única soberbia en el doctor Gabazón. Tenía apuntada en su historia dental la última vez que atendió a García Márquez: 20 de enero de 1999. Fue un miércoles. El dentista también recordaba haber recibido una llamada telefónica del escritor en diciembre de ese año apocalíptico.
Gabriel García Márquez se iría de Cartagena de Indias al siglo siguiente. Por entonces, un cáncer linfático se asomaba a su vida. Según el dentista, hubo el rumor de que el cantante Julio Iglesias quería comprar la casa del escritor. Antes de mudarse a Estados Unidos, el doctor Gabazón había dejado una carta a uno de los hermanos del escritor con el expreso pedido de que éste la leyese. También, una caja de galletas preparadas por la suegra del dentista. Esa noche de otoño en Florida, cuando el odontólogo estaba a punto de enseñarme lo que guardaba en su maletín negro, el doctor me dijo que aún no recibía respuesta.
El compadre de provincia
No había razones obvias para explicar por qué García Márquez lo eligió su dentista y luego su compadre. El doctor Gabazón era un odontólogo de provincia. En los estantes de su consultorio de Cartagena de Indias no se asomaba ninguna novela, apenas clásicos de la dentadura anglosajona como Periodontal Disease, dolorosa literatura para odontólogos. El doctor Gabazón no había leído la novela Anestesia local, de Günter Grass, ni el cuento “El dentista”, de Alfred Polgar. Tampoco un episodio de Memorias del subsuelo, donde Dostoievski escribe sobre la voluptuosidad de un dolor de muelas. El doctor Gabazón sí había leído el poema “Desiderata”, que por entonces colgaba de una pared del consultorio, por encima de un mueble con enjuagues bucales y dentaduras postizas. Sobre su escritorio había una calavera que nada tenía que ver con Hamlet. Era la escenografía de un sacamuelas, el lugar común de la castración dental.
El doctor Gabazón tenía una teoría elemental: García Márquez lo había elegido su compadre para romper la rutina de famoso. Hablaba del escritor con familiaridad, admiración y sin falsas reverencias. “La gente se olvida de que Gabo es un ser humano.” Pero la gente también se olvidaba de que el dentista era un ser humano y le preguntaba cuánto se le podía cobrar a un compadre así. “¿Podría decir quién le recomendó al doctor? Su fama universal”, había escrito García Márquez en su ficha de paciente.
Las anécdotas
El odontólogo me seguía contando anécdotas del Premio Nobel de Literatura mientras revisaba el maletín donde guardaba sus más íntimos recuerdos. La historia clínica del paciente García Márquez, retratos de familia con García Márquez, recortes de prensa sobre García Márquez, una muela de García Márquez. Sí. El tesoro del dentista era un molar con tres raíces y una incrustación de oro. Sólo de saber que había pertenecido al novelista, aquella muela adquiría una apariencia de ficción y lucía más horrenda en el acto de extraerla de una bolsa de terciopelo. Ver cualquier muela fuera de su boca hace que uno pasee su lengua para verificar si las suyas siguen allí, dispuestas a masticar y morder. El molar de un genio se ve tan espantoso como el de cualquiera y crea la ilusión de que todos somos iguales bajo las tenazas de un dentista. Pero una muela de García Márquez en tus manos es más que eso. Es la historia secreta de una sonrisa.
Desde años atrás en García Márquez ya habitaba cierta inexplicable predilección por el tema dental. Había dedicado algunos episodios de su obra a lo indefenso que uno puede estar ante un dolor de muelas y a la fascinación que puede causar una dentadura. En “Un día de estos”, uno de sus cuentos más memorables, Aurelio Escovar, un dentista sin título, extrae sin anestesia la muela que ha torturado por cinco días a su opositor, el alcalde de un pueblo sin nombre. Por suerte, García Márquez nunca quiso ser alcalde y Gabazón es un odontólogo titulado. Años después, en Cien años de soledad, el novelista escribió un episodio premonitorio de su primera visita al odontólogo: “Vieron [los habitantes de Macondo] un Melquíades juvenil, repuesto, desarrugado, con una dentadura nueva y radiante. Quienes recordaban sus encías destruidas por el escorbuto, sus mejillas flácidas y sus labios marchitos, se estremecieron de pavor ante aquella prueba terminante de los poderes sobrenaturales del gitano“. En resumen, Melquíades terminó sacándose los dientes y envejeciendo de pronto, pero luego se los puso otra vez y sonrió con el poder restaurado de su juventud. El hombre envejece cuando sus dientes no se reponen. García Márquez lo sabía bien. Perder un diente era también una metáfora de la caída del poder. No había sido el primer escritor en fascinarse por las muelas. Joyce y Nabokov habían perdido la dentadura antes de cumplir los cincuenta años y no se ahorraron palabras para retratarlas en sus libros como algo más que un rasgo fisonómico. Martin Amis, otro escritor del club de los desdentados, ensayó en su libro Experiencia una explicación sobre la comunidad de escritores de dientes postizos: “¿Qué más tenían en común Vladimir Nabokov y James Joyce aparte de la pésima dentadura y una soberbia prosa? El exilio y décadas de una precariedad económica cercana a la indigencia. Y una compulsiva tendencia al exceso. Y la desmedida sumisión que merecidamente les inspiraban sus esposas”.
Cualquier parecido con García Márquez era pura coincidencia.
-Es como un Dios de la literatura. Todo el mundo está interesado en cualquier cosa que hace -me dijo el dentista esa noche-. Gabo sabe que yo no puedo esconder lo que pasó entre nosotros.
El último día que lo vio en su consultorio de Cartagena de Indias, el único diente que le faltaba a García Márquez era la muela de juicio. Pero años antes, aquella primera tarde de 1991, en su consultorio de Bocagrande, Gabriel García Márquez tenía una caries y el doctor Gabazón había decidido operar: le inyectó anestesia local, le extrajo un molar, suturó la herida, y tiempo después colocó un implante en su lugar. Según el dentista, el escritor nunca se quejó. Sin embargo, desde esa primera cita hubo una pérdida. En la historia de la literatura, siempre ha sucedido: Homero fue ciego, a Cervantes le faltaba un brazo, García Márquez tenía caries.
-El hilo dental es más importante que el cepillo -me advirtió el doctor Gabazón. Este texto forma parte del libro Elogios criminales (Planeta Perú, Lima, 2009)

5 de diciembre de 2009

Entrevista con Wislawa Szymborska

'Adolescente', por Wislawa Szymborska

FOTO CON LIBRO
Wislawa Szymborska está en su casa, pero pide permiso para fumar. "Una vez", cuenta, "recibí una carta de varias páginas en la que una mujer me pedía que dejara de fumar. Me hubiera gustado responderle: he ido a tantos entierros de gente que nunca había fumado y que era más joven que yo... Me limité a decirle que le agradecía que se preocupara por mí". Szymborska nació hace 86 años en Kórnik, cerca de Poznan, al oeste de Polonia. Ahora vive en un bloque descolorido sin ascensor -una especie de vivienda de protección oficial- en un suburbio de Cracovia, la ciudad de la que no se ha movido desde que su familia emigró allí cuando ella tenía ocho años, en 1931.
La memoria, de hecho, está muy presente en su último libro de poemas, Aquí (Bartleby), publicado en Polonia este mismo año. Su aparición en España coincide con la primera traducción de su prosa, Lecturas no obligatorias (Alfabia), una selección de las vibrantes notas que durante años publicó en una particular sección de los periódicos. Allí, y en un par de folios, comentó a Jüng y a Montaigne, pero también libros de jardinería, pájaros y decoración. El resultado es pura chispa. Así, del Poema del Cid dice: "Fue escrito por un Balzac medieval. La guerra es para él, ante todo, una empresa financiera. Dado que la guerra es costosa, ésta debe ser rentable. La cabeza del caballero, hasta que alguien se la corta, estaba siempre llena de cálculos". Y al comentar un manual de ideogramas chinos apunta: "Esposa es una mujer y una escoba; amante, una mujer y una flauta. Desconozco la existencia de un signo que represente el ideal al que nos conducen todas las revistas europeas para mujeres: la fusión de la escoba y la flauta".
Cuando Szymborska ganó el Premio Nobel en 1996 no había más que un puñado de poemas suyos traducidos al español en una antología colectiva. Hoy lo está toda su poesía. No hace tanto, además, tuvo su minuto en las crónicas políticas. Fue el día que Patxi López leyó su poema Nada dos veces en su toma de posesión como lehendakari.
DEDO Y MUJER

Son las 11 de la mañana y en una mesa hay café, galletas y chocolatinas. Ella añade una botella de coñac que abre para la ocasión. Antes de servirse una copa, sirve a los demás: Abel Murcia, traductor de sus libros al español, director del Instituto Cervantes de Cracovia e intérprete durante la charla; el fotógrafo, venido desde Varsovia, y el periodista. Mientras dura el primer café está también Michal Rusinek, secretario de Szymborska y escritor y traductor él mismo. "Michal, con todo lo que escribe y el montón de temas que lleva, dentro de poco necesitará usted una secretaria. Tal vez podría contratarme", bromea la escritora. Él contesta arqueando las cejas: "No sé si me convence".
Rusinek es quien lidia con los mil compromisos que acechan a la poeta desde el Nobel. "¿Que si el premio me cambió la vida? Y tanto. Para bien y para mal. Para bien, porque multiplicó el número de cartas que me envían, de paquetes con libros, de invitaciones, de propuestas y de preguntas a las que hay que responder en las entrevistas". Y socarrona, añade: "Para mal, porque multiplicó el número de cartas que me envían, de paquetes con libros, de invitaciones, de propuestas y de preguntas a las que hay que responder en las entrevistas. A las invitaciones para viajar a otros países siempre respondo lo mismo: cuando sea más joven".
Días antes de la cita, Wislawa Szymborska había pedido la lista de temas sobre los que tendría que hablar en Cracovia. Una vez allí aclara el porqué: "Aunque luego hablemos de lo que sea, así al menos puedo pensar y decirle a usted algo coherente. No crea que soy brillante. Hay preguntas para las que no tengo respuesta". No le gustan las fotos, así es que trata de distraer al fotógrafo cuanto puede: "Si hubiera venido hace 30 años... con esa cámara tan aparatosa me sacará todas las arrugas, ¿verdad? ¿No podría retocarlas un poco, como hacen con Sharon Stone?". Al cabo de unos minutos vuelve al ataque: "¿Es usted tan alto porque no fuma? ¿Hizo el servicio militar? Descanse un poco, deje la cámara y tome otro coñac".
Café, coñac, chocolatinas. Parece un buen momento para hablar de la muerte. Sobre la muerte sin exagerar, como dice uno de sus poemas más célebres, escrito con esa mezcla de emoción e ironía -poesía sin lirismos de manual- que sorprendió al mundo cuando su obra fue distinguida por la Academia sueca. En Aquí, Szymborska dice que hay temas sobre los que debe escribir sin demorarse mucho porque "el tiempo apremia".
PREGUNTA. ¿Al escribir este libro pensaba en la muerte?
RESPUESTA. Para mí la vida es una aventura con fecha de caducidad. Cuando estaba en la escuela murió una profesora y tuve conciencia de la muerte como algo natural. Con 86 años pienso igual que con 8.
P. ¿Y eso influye cuando escribe?
R. Yo no escribo sobre la muerte. Es una de las cosas más fáciles de hacer en poesía. Y no es verdad que tenga un poder ilimitado. No consigue todo lo que quiere y cuando quiere. Es cierto que hay poemas buenísimos sobre la muerte, pero en general es fácil porque despierta sentimientos y emociones fáciles, la ternura y todo eso.
P. ¿El amor también es un tema facilón?
R. Ah, ése ya no es tan fácil. Y lo más difícil es el erotismo, que de hecho se ha tocado muy poco en poesía. Nunca he leído un poema que sea capaz de trasladar lo que sucede entre dos personas. Hablo del erotismo puro, no del amor como sentimiento, que sí es más fácil de expresar.
P. Hay más literatura en los amores difíciles.
R. Tal vez, pero yo he tenido la gran suerte de vivir algunos amores, y mis recuerdos son muy felices. Pero no hablemos de mí, que todo eso ya está en los poemas.
P. ¿Hay palabras que trata de evitar especialmente cuando escribe?
R. Las arcaicas y las grandilocuentes. Pero hay palabras que utilizo raramente y con ciertas dudas. Cuando intento describir algo como "bello", por ejemplo. La belleza es una idea relativa, que depende de la tradición y de las costumbres, y sobre todo de los gustos personales, que el lector puede no compartir. Para mí, las catedrales románicas son más bonitas que las góticas, la cerámica más bonita que la más refinada de las porcelanas y la muñeca de trapo con la que en mi infancia podía hablar de cualquier cosa, mil veces más bonita que esa horrorosa Barbie. Porque, a ver, ¿sobre qué se puede hablar con una de esas Barbies? Bueno, a lo mejor de trapitos y esmalte para las uñas.
P. Sus poemas hablan de los grandes temas, pero parecen huir de las abstracciones.
R. Cualquier poema bueno se convierte de alguna manera en algo abstracto. Pero siempre tiene que ver con la realidad, con la vida del poeta o con la vida de otros. Las cosas bellas tienen también algo de metafísicas... No le veo muy de acuerdo.
P. Me refería a que en el poema
Metafísica habla usted de los fideos con tocino.
R. Es que todo termina siendo metafísico. Pero más que por los grandes temas, la poesía se salva por los pequeños detalles. Hay poemas antiguos que han pervivido gracias a un solo detalle. Pero me temo que estoy generalizando... sobre los detalles [se ríe].
P. ¿El humor le sirve para escribir sin vergüenza sobre temas más serios?
R. Es mi forma de ser. Desde niña he tenido tendencia a darle vueltas a un asunto y a buscarle la parte cómica. Hay cuestiones, sin embargo, que ni me hacen gracia, ni me han hecho nunca gracia, ni me la harán: el odio, la violencia, la estupidez agresiva.
P. ¿De niña leía poesía?
R. No. En mi casa había sólo dos libros de poemas del siglo XIX. Y tampoco los leía. Siempre quise escribir novelas gordas. Al principio creía que si alguien aspiraba al título de escritor tenía que ser autor de novelas de varios tomos y cientos de páginas. No pasé de relatos mediocres. Un día escribí un poema, horroroso, y se lo pasé a la gente que trabajaba conmigo en el periódico. Me preguntaron: ¿pero tú qué lees? Resultó que no conocía los poetas contemporáneos. Había leído mucha narrativa, a Thomas Mann, a Proust, a Dostoievski, pero de poesía, ni idea. Me tuve que formar un poco.
P. ¿Aprendió algo como poeta escribiendo sus
Lecturas no obligatorias?
R. Mis Lecturas no obligatorias no son realmente prosa seria. Son una especie de artículos, a veces serios, a veces divertidos, en ocasiones incluso parecidos a mi poesía. Aunque, como le dije, empecé escribiendo relatos. Pero eso fue justo después de la guerra.
P. ¿Cómo recuerda la guerra?
R. Lo mejor que puedo decir es que sobreviví. Recuerdo el hambre, el frío. Tuve que trabajar haciendo zanjas en la calle. Mi padre fue inteligente: mucha gente huyó de Cracovia y se fue a Lvov, en la actual Ucrania, y pasaron a formar parte de la ocupación soviética. Sobreviví, sí. Pero hubo gente que murió. Mi primó cayó en el levantamiento de Varsovia.
P. ¿Qué función cumple la poesía ante la crueldad del mundo?
R. El mundo es cruel, pero merece también otros calificativos más compasivos. Si únicamente fuera cruel, la gente hace mucho tiempo que no estaría aquí. Habría aquí y allá algunos escombros y crecerían algunas plantas. Plantas anónimas, porque no habría nadie que les diera nombre.
P. ¿Qué piensa de la idea de Adorno de que no se puede escribir poesía después de Auschwitz? Supongo que para una escritora polaca que vive a 70 kilómetros de ese campo de concentración la frase tiene un significado especial.
R. Adorno no tenía razón, y eso lo pudo comprobar personalmente, porque vivió todavía más de veinte años después de terminar la guerra. En ese tiempo hubo poetas nada desdeñables que escribieron poemas nada desdeñables. Si ese trabajo hubiera carecido de sentido, ¿para qué habría servido?
P. ¿Y puede un poeta escribir sobre la historia?
R. Aunque su deseo de no escribir sobre ella fuera muy grande, es imposible evitarlo. Hay poetas para los que la historia es una fuente directa de inspiración. Para mí los mejores en ese aspecto son Cavafis y Zbigniew Herbert. Pero incluso la poesía que carece de cualquier referente histórico se inscribe para siempre en la historia, ya que utiliza un lenguaje que determina de forma exacta dónde y cuándo nace. La poesía supratemporal es una ilusión idiota.
P. ¿La política está destrozando el lenguaje?
R. Siempre lo ha destrozado. El lenguaje de los políticos suele servir para ocultar y no para expresar pensamientos. Pero a algunos políticos no intentaría yo convencerlos de que fueran sinceros: podría darse el caso de que no hubiese nada que ocultar.
P. ¿Recuerda el día en que cayó el muro de Berlín?
R. Estaba en Cracovia y fue un momento maravilloso. Aquéllos fueron unos tiempos inolvidables. La gente de Solidaridad era maravillosa. Luego eso cambió y empezaron a surgir cosas desagradables, pero entonces eran jóvenes y bellos. Estábamos todos eufóricos
... Bueno, ahora pregunto yo: ¿Está usted casado? ¿Tiene hijos? ¿De qué parte de España es?
P. ¿Es verdad que estudió español?
R. Claro. Iba a clase con un profesor que tengo la impresión de que se aprendía de memoria lo que iba a decir porque no sabía mucho. En una época en la que entendía algo me empeñaba en leer a Cervantes con diccionario. Ya sólo recuerdo algunas frases: ¡hasta la vista! Me parece una lengua muy bonita. Un latín bellamente estropeado.
P. ¿Ahora qué lee?
R. Siempre he leído poca poesía. Nunca he sido capaz de leer un libro de poesía desde el principio hasta el final. Y hablo de los buenos. Lo que hago es leer un poema y dejarlo. Luego retomo el libro, y así. Como se puede imaginar, a veces quedo fatal con gente que me ha mandado sus libros porque tardo un año en contestarles con mi opinión, pero ésa es mi forma de leer.
P. ¿Y escribe?
R. Como tengo poco talento, necesito un silencio de varios días: sin llamadas, sin visitas. Conozco pintores que pueden trabajar mientras llevan una conversación. En poesía eso es absolutamente imposible. Pensé que cuando pasara el Nobel el trajín se reduciría, pero no.
P. ¿Y sus
collages?
R. Me inventé esas postales precisamente para que todo el mundo reciba algo personal sin que yo tenga que escribir. ¿Ya hemos terminado?
P. Creo que sí.
R. No se vaya sin terminarse la copa. Por cierto, no me ha preguntado por el feminismo. Es que siempre me preguntan si soy feminista o no.
P. ¿Es usted feminista?
R. Yo me niego a tener ninguna etiqueta, pero en Polonia las feministas tienen muchísima razón y muchas cosas por las que luchar: por los sueldos, por derechos que tienen que ver con su cuerpo, porque todavía hay resortes reaccionarios en la Iglesia... Sueño con el momento en que las feministas no sean necesarias.
P. ¿Ha cambiado Polonia con la entrada en la Unión Europea?
R. Ha pasado hace tan poco que es demasiado pronto para valorarlo. Hay problemas, claro está, porque incluso en países más desarrollados que el nuestro los hay. Aquí tenemos problemas con la Iglesia, precisamente, que ya no sigue el paso del desarrollo de la ciencia y de la democratización de la sociedad. Para mí el día en que Polonia entró en la Unión Europea fue un día feliz. Estaba sola en casa y no tenía con quién brindar por el futuro. Pero me serví una copa de coñac y pasé por delante de todas las fotografías de los seres queridos que tengo en casa, y que no llegaron a ver este día.
Wislawa Szymborska. Aquí. Traducción de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano. Bartleby. Madrid, 2009. 72 páginas. 15 euros. Lecturas no obligatorias. Traducción de Manel Bellmunt Serrano. Alfabia. Barcelona, 2009. 254 páginas. 22 euros.

27 de noviembre de 2009

Gaston Leroux


El 'Rouletabille' de Leroux, aguafiestas de lo paranormal

  • Backlist edita dos novelas de misterio del detective francés
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Gaston Leroux (1868-1927) ha pasado a la historia de la literatura por hacer de la Ópera Garnier de París un vasto laberinto de trampillas y subterráneos. Colocó dentro a un lírico monstruo, Erik, el espectro enamorado que ensaya al órgano su 'Don Juan Triunfante'. Savater llamó al autor de 'El fantasma de la ópera' "folletinista prodigioso".
Segundo en celebridad, y parejo al anterior relato en prodigio y folletín, estaría el 'El misterio del cuarto amarillo'. Ahora Backlist lo edita junto con su continuación, 'El perfume de la Dama de Negro'. En el pabellón apartado de un viejo palacete, entre encinas y hojarasca, está el cuarto amarillo, un casillero donde todo un aparatoso cluedo da el pistoletazo de salida. Los periódicos hacen crónica con los interrogantes (que son muchos) y el juez de instrucción abre el caso, por hacer algo.
El inspector Maigret, de Simenon, encontró muchas turbiedades en la provincia, fuera de París. También Joseph Joséphin, alias "Rouletabille", de Leroux, deja las aceras capitalinas alentado por aromas de intriga local y toma un tren para Corbeil. Como en las encrucijadas absurdas de Chesterton, la presentación se impone por su propia estética (estética de crimen). Una estancia sin salidas, un pañuelo manchado de sangre, la señorita Stangerson desfalleciente, y el arma hipotética: un hueso de cordero con usos de piqueta. Después igual todo es postizo, igual alguien miente.
El escenario sin escape para el malo ya se aborda en relatos de Dupin ('Los crímenes de la calle Morgue') y de Holmes ('La aventura de la banda de lunares'). Pero en ambos casos Poe y Conan Doyle se valen de la intervención de animales. El autor parece cubrirse las espaldas de eventuales trucos zoológicos:
"...no vienen a revelar ningún pasadizo practicable, no sólo para un ser humano, sino para cualquier otro ser, si el techo no tiene agujeros, si el suelo no oculta algún subterráneo, ¡habrá que creer en el diablo!"
Así, el enigma del «cuarto maldito», puede recordar más a 'Los crímenes de la viuda roja', de Dickson Carr. Si bien las pesquisas llevan el asunto más allá del escenario. Al entrar por la verja del castillo de Glandier, «Rouletabille», detective aficionado, acepta un duelo de prestigio con con el investigador Frédéric Larsan. El acopio de minucias y las pistas, tan crípticas, están para los dos clarividentes, el resto del cuerpo policial está dormido, ausente de aquellos mágicos jardines de los Stangerson.

Inventario esotérico

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Los personajes son el inventario esóterico de una noche de Walpurgis. Un gato del tamaño de un basset maúlla por todas las noches en el bosque, donde, se dice, está la tumba de Santa Genoveva. Lo llaman "El animalito de Dios". Se habla de fantasmas, se detectan fingimientos, pero para "Rouletabille", reportero y detective, los alcances de su thriller no van más allá de una motita de polvo, una huella de zapato fino junto al estanque con nenúfares, o alguna palabra a destiempo.
Leroux se despliega, al estilo Wilkie Collins, en varios puntos de vista. Se dice que en la resolución, en un tribunal de Versalles, las muchedumbres se agolpan para escuchar al detective como a un oráculo. Le llaman "Rouletabille" por su cabeza redonda y pequeña. Es joven, implacable, racional, y un poco insípido. Volviendo a Savater, dijo de éste que prefigura a Tintín.
Suele ocurrir que el esclarecimiento de los crímenes resulta menos asombroso que su propuesta primera, de ahí que los detectives tengan algo de antipáticos, aguafiestas de lo paranormal. Es el caso. Sobre 'El misterio del cuarto amarillo' pende la congoja de un pasado (¡tan insistente, el pasado!), de un barullo de secretos que sólo se dicen a media voz, ya avanzada la trama. En 'El perfume de la Dama de Negro', la secuela, la autobiografía del reportero de 'Le Matin' cobra más peso, adquiere todo trazas de auténtico melodrama. Decir más sería destripar la fórmula del folletín que se abre con la verja del castillo de Glandier, al abrigo del encinar, con arrullos efectistas de gato místico.

'El misterio del cuarto amarillo', y 'El perfume de la Dama de Negro', de Gaston Leroux. Backlist, 2009. Traducción: J. L. Samo. 432 páginas. 24, 50 euros.

15 de noviembre de 2009

REPORTAJE: LUCHA POR LEGADO DE KAFKA

El legado de Kafka

Traiciones, contrabandos frustrados y exitosos, amoríos ocultos, testamentos violados. Subastas que proporcionaron pingües beneficios a una mujer codiciosa, Esther Hoffe, la depositaria de los papeles ocultos de Kafka. Demandas judiciales del Estado sionista contra Hoffe, broncas a gritos en el tribunal para reclamar la entrega del preciado tesoro. Y para rematar la faena, una disputa soterrada entre Alemania e Israel por ese archivo secreto y por el manuscrito de El proceso, la emblemática novela del escritor checo. Son los ingredientes de esta historia rocambolesca, en ocasiones kafkiana, plagada de intrigas. ¿Y todo este lío, para adueñarse de qué? Ésa es la gran incógnita.
Dos ancianas israelíes, Ruth y Eva Hoffe, conocen el contenido del archivo oculto de Kafka. En estos días esperan a que la justicia israelí les permita recuperar los preciados papeles que su madre, Esther, recibió del albacea de Kafka.
Esther Hoffe, que falleció en 2007 a los 102 años, fue secretaria e íntima amiga de Max Brod, el agente literario que recopiló los manuscritos del genial escritor checo y los trasladó a Israel en su apresurada escapada de los nazis. Hoffe heredó su archivo, que incluye papeles de Kafka. Un archivo que fue vendiendo por entregas, pero cuya mayor parte está celosamente guardada en cinco cajas fuertes de un banco. Dicen que una parte estuvo durante un tiempo en la apestosa vivienda de Eva Hoffe. Bajo la ventana enrejada del apartamento 1 del número 23 de la calle de Espinosa, en Tel Aviv, lo que hay es platos repletos de comida para gatos.
El peregrinar del codiciado tesoro comienza con la muerte del enfermizo autor, el 3 de junio de 1924. Kafka dejó escrito a su gran amigo Brod: "Querido Max. Mi última petición: todo lo que dejo debe ser quemado sin ser leído...". Brod desobedeció. Una traición de la que el mundo obtuvo gran provecho. De haber cumplido el deseo póstumo, nadie habría leído nunca El proceso, El castillo o América. Publicó las obras y en 1939, cuando el Ejército de Hitler invadía Praga, el agente literario, fervoroso sionista, emigró a Tel Aviv. En la ciudad mediterránea falleció su esposa, en 1942, y a partir de ese instante entra en escena Esther Hoffe para convertirse en la más dura guardiana de los papeles. Desde entonces, sólo algún investigador tuvo acceso a los documentos. Y a veces con nocturnidad, porque Brod tenía que eludir la vigilancia de Esther.
El legado de Kafka comenzó a desmembrarse paulatinamente en vida de Brod, que al menos se preocupaba por su conservación. En 1956 envió a Suiza los manuscritos de las tres famosas novelas: la guerra -la campaña de Suez- amenazaba con extenderse por Oriente Próximo. Años más tarde, los manuscritos de América y de El castillo viajarían, donados, a la Universidad de Oxford. Allí permanecen hoy por hoy. Sin embargo, El proceso siguió bajo su custodia hasta su muerte, en 1968. Es ésta la fecha en que arranca el incesante trasiego y mercadeo de los papeles de Kafka.
Por mucho que el testamento de Brod permitiera a Esther Hoffe gestionar los documentos del difunto y de Kafka, una precisión era explícita: los papeles debían ser entregados "a la Biblioteca Nacional de Jerusalén, a la Biblioteca Municipal de Tel Aviv o a otro archivo público en Israel o en el extranjero". Los alemanes sostienen que tanto Brod como Hoffe mencionaron el Archivo de Literatura Alemana de Marbach como uno de los destinos para los papeles.
Al pasar de Brod a Hoffe, el preciado patrimonio deja de estar en manos de un hombre erudito para convertirse en potencial negocio para la ambiciosa Hoffe. Los documentos comienzan a ser vendidos al mejor postor. "Durante años, cartas del legado de Brod aparecen en subastas en Europa. La identidad del vendedor, como es costumbre, no es revelada, pero las evidencias apuntan a Esther Hoffe", asegura Ofer Aderet, el periodista de Haaretz que persigue el rastro de ese patrimonio cultural. Las últimas evidencias del desmembramiento: en 2006 se subasta una carta de Kafka a Brod por 60.000 euros; en 2008, cartas de amor del escritor checo se venden por 25.000 euros.
Las trampas de Hoffe no eran cosa nueva. En 1974, fue pillada in fraganti en el aeropuerto Ben Gurión de Tel Aviv cuando intentaba volar a Suiza con manuscritos de Brod y correspondencia del venerado escritor checo. El desprecio a la legalidad ha sido nota distintiva de Esther. La Ley de Archivos del Estado prohíbe el contrabando de documentos valiosos sin depositar previamente una copia. Hoffe y las autoridades israelíes llegaron a un acuerdo para fotocopiar el legado, pero la mujer nunca cumplió su compromiso y sólo una pequeña porción fue fotocopiada. También se las apañó para violar, en la década de los ochenta, el pacto que suscribió para traspasar el tesoro de Brod a la Biblioteca Nacional.
Esther Hoffe se hizo rica. La joya más preciada de la herencia, el original de El proceso, reposa hoy en el Archivo de Literatura Alemana de Marbach. Batió el récord mundial del precio abonado en una puja por un manuscrito: Sotheby's lo adjudicó por 1,98 millones de dólares (1,32 millones de euros) en 1998.
Las peripecias y los detalles del legado se van conociendo poco a poco, después de que el diario Haaretz lograra que se levantara la censura que se impone sobre tantos asuntos en Israel. Así rezaba el testamento de Esther, redactado en 1970: "Los borradores, las cartas y los dibujos de Kafka que me fueron donados por Max Brod los cedí a mis dos hijas en porciones iguales. Los libros de Kafka de la biblioteca de Brod permanecen en posesión de mis dos hijas. Cada una de mis hijas y mis nietas tienen derecho a recibir 40 cartas del legado de Brod".
No parece que vaya a ser así. Un tribunal de Tel Aviv congeló a finales de octubre millonarias cuentas corrientes de las Hoffe y ordenó la entrega de las llaves de las cinco cajas fuertes bancarias. Allí se conserva el legado para los albaceas que designe la justicia. "El testamento de Esther", apunta Oderet, "es ilegal porque no podía legar a sus hijas los documentos, ya que incumplió la voluntad de Brod de donarlos a una institución pública".
¿Cuál es el contenido del patrimonio? Nurit Pagi está escribiendo una tesis doctoral sobre el legado del agente literario checo. "Brod", explica a este diario, "era un escritor obsesivo. Siempre escribió un diario, por lo que supongo que en ese archivo se pueden hallar los diarios que comenzó al menos desde 1939, el año en que emigró a Palestina, si no antes. Podremos encontrar correspondencia de personalidades bien conocidas de la cultura de su época y notas sobre sus proyectos nunca realizados. Estoy segura de que en la maleta que se llevó desde Praga conservó dibujos de Kafka, sus trabajos literarios originales, cartas y quizá esquemas preliminares de sus futuras novelas".
Desde Praga, el profesor Josep Cermak, gran experto checo en Kafka, considera que lo más importante es poner a disposición de los estudiosos esos diarios de Brod. "Aportarán información sobre principios del siglo pasado, la época de Kafka en la que hay más lagunas", explica. Brod y Kafka tuvieron una relación muy honesta, cuenta. Y asegura que esos diarios y esa correspondencia secreta desvelarán nuevos detalles de la "vida erótica" de ambos personajes. Ulrich von Büllow, jefe de departamento del Archivo de Literatura Alemana de Marbach, señala que es posible que también haya fotografías del escritor checo. Y debe de estar, según cuenta en conversación telefónica, el manuscrito de una de las novelas inacabadas de Kafka, Preparativos de una boda en el campo. "La familia Hoffe dispone de grandes tesoros", resume Cermak, que lleva 45 años estudiando al autor de La metamorfosis.
El contenido del legado de Brod podría haberse conocido si Esther Hoffe hubiera cumplido su acuerdo con una editorial suiza, a la que estafó, en la década de los ochenta. La empresa pagó una suma millonaria por los diarios de Brod. Esther jamás los entregó.
El serial sobre el destino final del legado de Brod se complica ahora por la disputa entre instituciones israelíes y alemanas por el manuscrito de El proceso, que el Archivo de Marbach adquirió en Sotheby's en 1988. Meir Heller, abogado de la Biblioteca Nacional de Israel, defiende el retorno a Jerusalén del texto original. "La Biblioteca Nacional no ignora el hecho de que el Archivo de Marbach debería ser compensado por el dinero que pagó a Hoffe", afirma Heller, que considera la dispersión de la obra de Kafka un "error histórico". "La Biblioteca Nacional de Israel, que es también la biblioteca del pueblo judío, entiende que Brod pide en su testamento que los documentos deberían depositarse en un archivo público, y el nombre de la Biblioteca Nacional es su primera opción", añade el letrado. Heller explica haber llegado a un pacto de silencio con las autoridades alemanas para no perjudicar la negociación.
El enfrentamiento entre ambas instituciones se suavizó el pasado 22 de octubre, cuando Ulrich Raulff, director del Archivo de Literatura Alemana de Marbach, dirigió una carta a su homólogo en la Biblioteca Nacional Israelí para abrir la puerta al diálogo. En su respuesta del 28 de octubre, el israelí Shmuel Har Noy se alegraba de que los alemanes acepten el veredicto de la justicia israelí y estuvieran dispuestos a dialogar "en vez de que el asunto sea resuelto en los medios", según reza textualmente esa carta, a la que ha tenido acceso EL PAÍS.
El periodista Ofer Oderet intenta explicar la posición de la parte israelí: "La Biblioteca Nacional considera que Brod era judío y sionista, y que si no hubiera emigrado a Israel habría sido trasladado a Auschwitz. Es un escritor judío que escapó del Holocausto, por eso lo consideran parte de la cultura judía. En su opinión, no es un escritor alemán, sino israelí. Éste es un argumento moral, no legal. La Biblioteca también estima que Brod designó en primer lugar Jerusalén como destino de la obra de Kafka; después, Tel Aviv, y en tercer lugar, un archivo público en el extranjero, y alega que es ilegal traficar con documentos de gran significado para el pueblo judío o el Estado de Israel".
Los alemanes reclaman que Brod y Kafka escribían en alemán, y no en hebreo, que son parte de la cultura alemana, no de la hebrea. Ulrich Raulff, director del Archivo de Marbach, considerado el más importante de Europa central, lo tiene muy claro: "No hay posibilidad alguna de que devolvamos el manuscrito de El proceso", afirma en conversación telefónica desde Marbach. Considera que la compra del original en la subasta de Sotheby's no pudo ser más transparente. "El manuscrito estuvo expuesto durante semanas, hicimos una compra ante los ojos de la opinión pública mundial. Si nadie discutió la legitimidad de aquella compra entonces, no comprendo por qué se cuestiona ahora". Raulff considera que Esther Hoffe, como legítima propietaria del legado, tenía derecho a vender el manuscrito. En términos legales, estima que aquella operación fue nítida. "La parte israelí a veces confunde los términos legales de esta cuestión con el aspecto moral o histórico". Otra cosa es la cuestión del legado de Max Brod, cuyo control las hermanas Hoffe esperan recobrar en cuanto se produzca el fallo de la justicia israelí. En este campo, Ulrich Raulff se muestra flexible. "Creemos en la independencia de los tribunales israelíes. Si aceptan que las hermanas Hoffe puedan disponer del legado y ellas nos lo quieren vender, estaremos en disposición de comprar".
Las hermanas Hoffe tienen una relación muy fluida con Marbach. Suele ser Eva la que habla con Raulff. "Hablé hace poco con ella. Creo que las hermanas estarían dispuestas a vendernos los papeles, y nosotros aceptaríamos que se entregaran copias a la Biblioteca Nacional israelí".
El jefe del archivo en Marbach, Ulrich von Bülow, destaca que están interesados en todos los papeles que hay de Kafka a lo largo y ancho del mundo. "Pero no para quedarnos mirándolos. Para que investigadores y estudiosos los puedan consultar", puntualiza. En este sentido, Cermak, el experto checo que publicó esta misma semana La lucha que supone escribir, su cuarto libro sobre Kafka, considera que el archivo alemán es un destino excelente para los archivos de Brod y Kafka: "Como profesional, creo que deben estar en los mejores archivos. Y Marbach es el mejor archivo de Europa central. El mejor y el más rico: son capaces de comprar a precios muy altos".
Marbach posee 1.200 legados de literatura en alemán del siglo XX. Es el segundo archivo que más documentos de Kafka posee tras la biblioteca Bodleiana de Oxford.
Marieta Malisova, directora de la Franz Kafka Society, confiesa desde Praga que a ella le gustaría que los papeles estuvieran allí: "Él pasó toda su vida en Praga. Lo mejor sería que los papeles volvieran aquí".
Sospechan los expertos que los documentos pueden haber sido dañados. Es posible que durante largo tiempo hayan sufrido condiciones pésimas de conservación. Los gatos siguen acudiendo puntuales a su cita en el apartamento de Eva Hoffe, que llena religiosamente sus platos de comida. Ésa es una de las obsesiones de esta mujer. Otra: el celo por esconder los documentos y sacar tajada. Sus vecinos ni siquiera saben si reside en esa vivienda. "Sólo viene a dar de comer a los gatos", comenta escueto el anciano Dov Avner, que se lleva una mano a la nariz. "Nos mantenemos alejados de ella. Nos crea muchos problemas. La odio", comenta otro hombre que reside en el inmueble desde hace 40 años.
"Existe el riesgo de que desaparezca el legado de Kafka", concluye Aderet. "Se ignora si Eva Hoffe posee los papeles y en qué estado se hallan. Es importante que se conserven en un archivo público. No importa que sea en Alemania".
El culebrón de los papeles secretos de Kafka sigue vivo. Para enero se espera una resolución de la justicia israelí que desatasque la situación. Entonces se empezará a conocer el contenido de ese tesoro que vive atrapado en un proceso kafkiano.