Mostrando entradas con la etiqueta Crítica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Crítica. Mostrar todas las entradas

5 de diciembre de 2009

Entrevista con Wislawa Szymborska

'Adolescente', por Wislawa Szymborska

FOTO CON LIBRO
Wislawa Szymborska está en su casa, pero pide permiso para fumar. "Una vez", cuenta, "recibí una carta de varias páginas en la que una mujer me pedía que dejara de fumar. Me hubiera gustado responderle: he ido a tantos entierros de gente que nunca había fumado y que era más joven que yo... Me limité a decirle que le agradecía que se preocupara por mí". Szymborska nació hace 86 años en Kórnik, cerca de Poznan, al oeste de Polonia. Ahora vive en un bloque descolorido sin ascensor -una especie de vivienda de protección oficial- en un suburbio de Cracovia, la ciudad de la que no se ha movido desde que su familia emigró allí cuando ella tenía ocho años, en 1931.
La memoria, de hecho, está muy presente en su último libro de poemas, Aquí (Bartleby), publicado en Polonia este mismo año. Su aparición en España coincide con la primera traducción de su prosa, Lecturas no obligatorias (Alfabia), una selección de las vibrantes notas que durante años publicó en una particular sección de los periódicos. Allí, y en un par de folios, comentó a Jüng y a Montaigne, pero también libros de jardinería, pájaros y decoración. El resultado es pura chispa. Así, del Poema del Cid dice: "Fue escrito por un Balzac medieval. La guerra es para él, ante todo, una empresa financiera. Dado que la guerra es costosa, ésta debe ser rentable. La cabeza del caballero, hasta que alguien se la corta, estaba siempre llena de cálculos". Y al comentar un manual de ideogramas chinos apunta: "Esposa es una mujer y una escoba; amante, una mujer y una flauta. Desconozco la existencia de un signo que represente el ideal al que nos conducen todas las revistas europeas para mujeres: la fusión de la escoba y la flauta".
Cuando Szymborska ganó el Premio Nobel en 1996 no había más que un puñado de poemas suyos traducidos al español en una antología colectiva. Hoy lo está toda su poesía. No hace tanto, además, tuvo su minuto en las crónicas políticas. Fue el día que Patxi López leyó su poema Nada dos veces en su toma de posesión como lehendakari.
DEDO Y MUJER

Son las 11 de la mañana y en una mesa hay café, galletas y chocolatinas. Ella añade una botella de coñac que abre para la ocasión. Antes de servirse una copa, sirve a los demás: Abel Murcia, traductor de sus libros al español, director del Instituto Cervantes de Cracovia e intérprete durante la charla; el fotógrafo, venido desde Varsovia, y el periodista. Mientras dura el primer café está también Michal Rusinek, secretario de Szymborska y escritor y traductor él mismo. "Michal, con todo lo que escribe y el montón de temas que lleva, dentro de poco necesitará usted una secretaria. Tal vez podría contratarme", bromea la escritora. Él contesta arqueando las cejas: "No sé si me convence".
Rusinek es quien lidia con los mil compromisos que acechan a la poeta desde el Nobel. "¿Que si el premio me cambió la vida? Y tanto. Para bien y para mal. Para bien, porque multiplicó el número de cartas que me envían, de paquetes con libros, de invitaciones, de propuestas y de preguntas a las que hay que responder en las entrevistas". Y socarrona, añade: "Para mal, porque multiplicó el número de cartas que me envían, de paquetes con libros, de invitaciones, de propuestas y de preguntas a las que hay que responder en las entrevistas. A las invitaciones para viajar a otros países siempre respondo lo mismo: cuando sea más joven".
Días antes de la cita, Wislawa Szymborska había pedido la lista de temas sobre los que tendría que hablar en Cracovia. Una vez allí aclara el porqué: "Aunque luego hablemos de lo que sea, así al menos puedo pensar y decirle a usted algo coherente. No crea que soy brillante. Hay preguntas para las que no tengo respuesta". No le gustan las fotos, así es que trata de distraer al fotógrafo cuanto puede: "Si hubiera venido hace 30 años... con esa cámara tan aparatosa me sacará todas las arrugas, ¿verdad? ¿No podría retocarlas un poco, como hacen con Sharon Stone?". Al cabo de unos minutos vuelve al ataque: "¿Es usted tan alto porque no fuma? ¿Hizo el servicio militar? Descanse un poco, deje la cámara y tome otro coñac".
Café, coñac, chocolatinas. Parece un buen momento para hablar de la muerte. Sobre la muerte sin exagerar, como dice uno de sus poemas más célebres, escrito con esa mezcla de emoción e ironía -poesía sin lirismos de manual- que sorprendió al mundo cuando su obra fue distinguida por la Academia sueca. En Aquí, Szymborska dice que hay temas sobre los que debe escribir sin demorarse mucho porque "el tiempo apremia".
PREGUNTA. ¿Al escribir este libro pensaba en la muerte?
RESPUESTA. Para mí la vida es una aventura con fecha de caducidad. Cuando estaba en la escuela murió una profesora y tuve conciencia de la muerte como algo natural. Con 86 años pienso igual que con 8.
P. ¿Y eso influye cuando escribe?
R. Yo no escribo sobre la muerte. Es una de las cosas más fáciles de hacer en poesía. Y no es verdad que tenga un poder ilimitado. No consigue todo lo que quiere y cuando quiere. Es cierto que hay poemas buenísimos sobre la muerte, pero en general es fácil porque despierta sentimientos y emociones fáciles, la ternura y todo eso.
P. ¿El amor también es un tema facilón?
R. Ah, ése ya no es tan fácil. Y lo más difícil es el erotismo, que de hecho se ha tocado muy poco en poesía. Nunca he leído un poema que sea capaz de trasladar lo que sucede entre dos personas. Hablo del erotismo puro, no del amor como sentimiento, que sí es más fácil de expresar.
P. Hay más literatura en los amores difíciles.
R. Tal vez, pero yo he tenido la gran suerte de vivir algunos amores, y mis recuerdos son muy felices. Pero no hablemos de mí, que todo eso ya está en los poemas.
P. ¿Hay palabras que trata de evitar especialmente cuando escribe?
R. Las arcaicas y las grandilocuentes. Pero hay palabras que utilizo raramente y con ciertas dudas. Cuando intento describir algo como "bello", por ejemplo. La belleza es una idea relativa, que depende de la tradición y de las costumbres, y sobre todo de los gustos personales, que el lector puede no compartir. Para mí, las catedrales románicas son más bonitas que las góticas, la cerámica más bonita que la más refinada de las porcelanas y la muñeca de trapo con la que en mi infancia podía hablar de cualquier cosa, mil veces más bonita que esa horrorosa Barbie. Porque, a ver, ¿sobre qué se puede hablar con una de esas Barbies? Bueno, a lo mejor de trapitos y esmalte para las uñas.
P. Sus poemas hablan de los grandes temas, pero parecen huir de las abstracciones.
R. Cualquier poema bueno se convierte de alguna manera en algo abstracto. Pero siempre tiene que ver con la realidad, con la vida del poeta o con la vida de otros. Las cosas bellas tienen también algo de metafísicas... No le veo muy de acuerdo.
P. Me refería a que en el poema
Metafísica habla usted de los fideos con tocino.
R. Es que todo termina siendo metafísico. Pero más que por los grandes temas, la poesía se salva por los pequeños detalles. Hay poemas antiguos que han pervivido gracias a un solo detalle. Pero me temo que estoy generalizando... sobre los detalles [se ríe].
P. ¿El humor le sirve para escribir sin vergüenza sobre temas más serios?
R. Es mi forma de ser. Desde niña he tenido tendencia a darle vueltas a un asunto y a buscarle la parte cómica. Hay cuestiones, sin embargo, que ni me hacen gracia, ni me han hecho nunca gracia, ni me la harán: el odio, la violencia, la estupidez agresiva.
P. ¿De niña leía poesía?
R. No. En mi casa había sólo dos libros de poemas del siglo XIX. Y tampoco los leía. Siempre quise escribir novelas gordas. Al principio creía que si alguien aspiraba al título de escritor tenía que ser autor de novelas de varios tomos y cientos de páginas. No pasé de relatos mediocres. Un día escribí un poema, horroroso, y se lo pasé a la gente que trabajaba conmigo en el periódico. Me preguntaron: ¿pero tú qué lees? Resultó que no conocía los poetas contemporáneos. Había leído mucha narrativa, a Thomas Mann, a Proust, a Dostoievski, pero de poesía, ni idea. Me tuve que formar un poco.
P. ¿Aprendió algo como poeta escribiendo sus
Lecturas no obligatorias?
R. Mis Lecturas no obligatorias no son realmente prosa seria. Son una especie de artículos, a veces serios, a veces divertidos, en ocasiones incluso parecidos a mi poesía. Aunque, como le dije, empecé escribiendo relatos. Pero eso fue justo después de la guerra.
P. ¿Cómo recuerda la guerra?
R. Lo mejor que puedo decir es que sobreviví. Recuerdo el hambre, el frío. Tuve que trabajar haciendo zanjas en la calle. Mi padre fue inteligente: mucha gente huyó de Cracovia y se fue a Lvov, en la actual Ucrania, y pasaron a formar parte de la ocupación soviética. Sobreviví, sí. Pero hubo gente que murió. Mi primó cayó en el levantamiento de Varsovia.
P. ¿Qué función cumple la poesía ante la crueldad del mundo?
R. El mundo es cruel, pero merece también otros calificativos más compasivos. Si únicamente fuera cruel, la gente hace mucho tiempo que no estaría aquí. Habría aquí y allá algunos escombros y crecerían algunas plantas. Plantas anónimas, porque no habría nadie que les diera nombre.
P. ¿Qué piensa de la idea de Adorno de que no se puede escribir poesía después de Auschwitz? Supongo que para una escritora polaca que vive a 70 kilómetros de ese campo de concentración la frase tiene un significado especial.
R. Adorno no tenía razón, y eso lo pudo comprobar personalmente, porque vivió todavía más de veinte años después de terminar la guerra. En ese tiempo hubo poetas nada desdeñables que escribieron poemas nada desdeñables. Si ese trabajo hubiera carecido de sentido, ¿para qué habría servido?
P. ¿Y puede un poeta escribir sobre la historia?
R. Aunque su deseo de no escribir sobre ella fuera muy grande, es imposible evitarlo. Hay poetas para los que la historia es una fuente directa de inspiración. Para mí los mejores en ese aspecto son Cavafis y Zbigniew Herbert. Pero incluso la poesía que carece de cualquier referente histórico se inscribe para siempre en la historia, ya que utiliza un lenguaje que determina de forma exacta dónde y cuándo nace. La poesía supratemporal es una ilusión idiota.
P. ¿La política está destrozando el lenguaje?
R. Siempre lo ha destrozado. El lenguaje de los políticos suele servir para ocultar y no para expresar pensamientos. Pero a algunos políticos no intentaría yo convencerlos de que fueran sinceros: podría darse el caso de que no hubiese nada que ocultar.
P. ¿Recuerda el día en que cayó el muro de Berlín?
R. Estaba en Cracovia y fue un momento maravilloso. Aquéllos fueron unos tiempos inolvidables. La gente de Solidaridad era maravillosa. Luego eso cambió y empezaron a surgir cosas desagradables, pero entonces eran jóvenes y bellos. Estábamos todos eufóricos
... Bueno, ahora pregunto yo: ¿Está usted casado? ¿Tiene hijos? ¿De qué parte de España es?
P. ¿Es verdad que estudió español?
R. Claro. Iba a clase con un profesor que tengo la impresión de que se aprendía de memoria lo que iba a decir porque no sabía mucho. En una época en la que entendía algo me empeñaba en leer a Cervantes con diccionario. Ya sólo recuerdo algunas frases: ¡hasta la vista! Me parece una lengua muy bonita. Un latín bellamente estropeado.
P. ¿Ahora qué lee?
R. Siempre he leído poca poesía. Nunca he sido capaz de leer un libro de poesía desde el principio hasta el final. Y hablo de los buenos. Lo que hago es leer un poema y dejarlo. Luego retomo el libro, y así. Como se puede imaginar, a veces quedo fatal con gente que me ha mandado sus libros porque tardo un año en contestarles con mi opinión, pero ésa es mi forma de leer.
P. ¿Y escribe?
R. Como tengo poco talento, necesito un silencio de varios días: sin llamadas, sin visitas. Conozco pintores que pueden trabajar mientras llevan una conversación. En poesía eso es absolutamente imposible. Pensé que cuando pasara el Nobel el trajín se reduciría, pero no.
P. ¿Y sus
collages?
R. Me inventé esas postales precisamente para que todo el mundo reciba algo personal sin que yo tenga que escribir. ¿Ya hemos terminado?
P. Creo que sí.
R. No se vaya sin terminarse la copa. Por cierto, no me ha preguntado por el feminismo. Es que siempre me preguntan si soy feminista o no.
P. ¿Es usted feminista?
R. Yo me niego a tener ninguna etiqueta, pero en Polonia las feministas tienen muchísima razón y muchas cosas por las que luchar: por los sueldos, por derechos que tienen que ver con su cuerpo, porque todavía hay resortes reaccionarios en la Iglesia... Sueño con el momento en que las feministas no sean necesarias.
P. ¿Ha cambiado Polonia con la entrada en la Unión Europea?
R. Ha pasado hace tan poco que es demasiado pronto para valorarlo. Hay problemas, claro está, porque incluso en países más desarrollados que el nuestro los hay. Aquí tenemos problemas con la Iglesia, precisamente, que ya no sigue el paso del desarrollo de la ciencia y de la democratización de la sociedad. Para mí el día en que Polonia entró en la Unión Europea fue un día feliz. Estaba sola en casa y no tenía con quién brindar por el futuro. Pero me serví una copa de coñac y pasé por delante de todas las fotografías de los seres queridos que tengo en casa, y que no llegaron a ver este día.
Wislawa Szymborska. Aquí. Traducción de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano. Bartleby. Madrid, 2009. 72 páginas. 15 euros. Lecturas no obligatorias. Traducción de Manel Bellmunt Serrano. Alfabia. Barcelona, 2009. 254 páginas. 22 euros.

27 de noviembre de 2009

Gaston Leroux


El 'Rouletabille' de Leroux, aguafiestas de lo paranormal

  • Backlist edita dos novelas de misterio del detective francés
[foto de la noticia]
Gaston Leroux (1868-1927) ha pasado a la historia de la literatura por hacer de la Ópera Garnier de París un vasto laberinto de trampillas y subterráneos. Colocó dentro a un lírico monstruo, Erik, el espectro enamorado que ensaya al órgano su 'Don Juan Triunfante'. Savater llamó al autor de 'El fantasma de la ópera' "folletinista prodigioso".
Segundo en celebridad, y parejo al anterior relato en prodigio y folletín, estaría el 'El misterio del cuarto amarillo'. Ahora Backlist lo edita junto con su continuación, 'El perfume de la Dama de Negro'. En el pabellón apartado de un viejo palacete, entre encinas y hojarasca, está el cuarto amarillo, un casillero donde todo un aparatoso cluedo da el pistoletazo de salida. Los periódicos hacen crónica con los interrogantes (que son muchos) y el juez de instrucción abre el caso, por hacer algo.
El inspector Maigret, de Simenon, encontró muchas turbiedades en la provincia, fuera de París. También Joseph Joséphin, alias "Rouletabille", de Leroux, deja las aceras capitalinas alentado por aromas de intriga local y toma un tren para Corbeil. Como en las encrucijadas absurdas de Chesterton, la presentación se impone por su propia estética (estética de crimen). Una estancia sin salidas, un pañuelo manchado de sangre, la señorita Stangerson desfalleciente, y el arma hipotética: un hueso de cordero con usos de piqueta. Después igual todo es postizo, igual alguien miente.
El escenario sin escape para el malo ya se aborda en relatos de Dupin ('Los crímenes de la calle Morgue') y de Holmes ('La aventura de la banda de lunares'). Pero en ambos casos Poe y Conan Doyle se valen de la intervención de animales. El autor parece cubrirse las espaldas de eventuales trucos zoológicos:
"...no vienen a revelar ningún pasadizo practicable, no sólo para un ser humano, sino para cualquier otro ser, si el techo no tiene agujeros, si el suelo no oculta algún subterráneo, ¡habrá que creer en el diablo!"
Así, el enigma del «cuarto maldito», puede recordar más a 'Los crímenes de la viuda roja', de Dickson Carr. Si bien las pesquisas llevan el asunto más allá del escenario. Al entrar por la verja del castillo de Glandier, «Rouletabille», detective aficionado, acepta un duelo de prestigio con con el investigador Frédéric Larsan. El acopio de minucias y las pistas, tan crípticas, están para los dos clarividentes, el resto del cuerpo policial está dormido, ausente de aquellos mágicos jardines de los Stangerson.

Inventario esotérico

[foto de la noticia]
Los personajes son el inventario esóterico de una noche de Walpurgis. Un gato del tamaño de un basset maúlla por todas las noches en el bosque, donde, se dice, está la tumba de Santa Genoveva. Lo llaman "El animalito de Dios". Se habla de fantasmas, se detectan fingimientos, pero para "Rouletabille", reportero y detective, los alcances de su thriller no van más allá de una motita de polvo, una huella de zapato fino junto al estanque con nenúfares, o alguna palabra a destiempo.
Leroux se despliega, al estilo Wilkie Collins, en varios puntos de vista. Se dice que en la resolución, en un tribunal de Versalles, las muchedumbres se agolpan para escuchar al detective como a un oráculo. Le llaman "Rouletabille" por su cabeza redonda y pequeña. Es joven, implacable, racional, y un poco insípido. Volviendo a Savater, dijo de éste que prefigura a Tintín.
Suele ocurrir que el esclarecimiento de los crímenes resulta menos asombroso que su propuesta primera, de ahí que los detectives tengan algo de antipáticos, aguafiestas de lo paranormal. Es el caso. Sobre 'El misterio del cuarto amarillo' pende la congoja de un pasado (¡tan insistente, el pasado!), de un barullo de secretos que sólo se dicen a media voz, ya avanzada la trama. En 'El perfume de la Dama de Negro', la secuela, la autobiografía del reportero de 'Le Matin' cobra más peso, adquiere todo trazas de auténtico melodrama. Decir más sería destripar la fórmula del folletín que se abre con la verja del castillo de Glandier, al abrigo del encinar, con arrullos efectistas de gato místico.

'El misterio del cuarto amarillo', y 'El perfume de la Dama de Negro', de Gaston Leroux. Backlist, 2009. Traducción: J. L. Samo. 432 páginas. 24, 50 euros.

Mariano José De Larra

[foto de la noticia]
En su último año de vida Fígaro, pseudónimo de Larra, pasa de su desapego de sátiro cerebral a la elegía, a la pesadumbre. Muchos ven en los suicidas un curso vocacional de extinción propia, y en su final una acusación generacional e icónica. Larra, como Nerval, se zambulló con 28 años en la boca negra de una pistola de avancarga. "El número 24 me es fatal: si tuviera que probarlo diría que en día 24 nací", dice en 'La Noche buena de 1836'. Un mes antes encuentra que Madrid es un gran sepulcro, adelantándose acaso al millón de cadáveres de Dámaso Alonso.
Y en 'Horas de invierno': "Escribir en Madrid es tomar una apuntación, es escribir un libro de memorias, es realizar un monólogo desesperante y triste para uno solo. Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla...". Cátedra ha dedicado un cofre de dos exhaustivos volúmenes de su Bibliotheca Avrea a sus Obras Completas, con un vientre caudal de memorialismo puro, con esa exégesis de fatalidad que impone la literatura del suicida.
Se trata de la edición más completa del autor. Con su obra no se puede pedir una integridad absoluta, pues muchos de sus artículos anónimos, son inencontrables. El primero de estos sillares de pesada mampostería editorial de Avrea está dedicado a los artículos. Joan Estruch, introductor, lo dice muy claro: "Su gran capacidad para la crítica social contrasta con la pobreza de su poesía sentimental y con la escasa complejidad de sus personajes de ficción".
Su drama 'Macías y su novela 'El doncel de don Enrique el Doliente', tienen un adulterio cortesano, y puede obviarse la trasposición de Dolores de Armijo con la ficticia Elvira. Sus cartas privadas tienen algo de interés para seguir otros derroteros escritos el personaje (porque de Larra importa quizá sobre todo su personaje, su distancia, su desarraigo). Escribe a sus padres desde el extranjero. Prefiere Londres a París, claro que era el París de antes de Haussmann. En ese tiempo de viaje, el célebre crítico teatral se pierde el estreno de 'Don Álvaro o la fuerza del sino'.
Retrato del escritor Mariano José de LarraRetrato del escritor Mariano José de Larra
Como comprobará el curioso, Mariano José de Larra ocupó sobre todo su prosa del día con los espectáculos y la estética. Con la promoción de la novedad de lo de fuera y los bochornos de propuestas más catetas. En sus años fecundos, entre 1833 y 1835 (años de su último nombre, Fígaro), de 170 artículos que escribió, sólo 70 hacían costumbrismo, o ponderaban la oscilante política nacional.
Y el osciló con ella en vida. Pasó del colegio francés de Burdeos a ser partidario del absolutismo fernandino. Con 16 años entró como escribiente en la Junta Reservada de Estado, un organismo que coordinaba la represión contra sociedades secretas y masones. Y sólo por sus contactos y compromiso con la corte consiguió sacar su cuadernillo 'El duende satírico del día', en tiempos de álgida censura. Alaba al gobierno y escribe una oda por el cuarto matrimonio del rey felón, "tú eres rey de paz", le dice entre florilegios.

Fígaro, liberal moderado

En todo caso, sus primeros clásicos llegan después, cuando pasa a ser "El pobrecito hablador" (escribe 'Casarse pronto y mal', 'El castellano viejo', 'Vuelva usted mañana'). De ahí salta a La Revista Española, se convierte en Fígaro. Ganaría 40.000 reales al año (el periodista mejor pagado). Por entonces ya era un liberal moderado, y un dandy. Se mofaba de la vestimenta desfasada de los carlistas (léase 'El hombre menguado').
[foto de la noticia]
Pero Larra queda con el madrileñismo. Con los calaveras que disparan con cerbatana como amazónicos de Montera, con el "castellano viejo". Las mascaradas, las tipologías de la calleja, sus aprensiones y su sarcasmo, el verbo satírico y latino que le asiste (le llamaban Juvenal)... Apuntaló la anatomía de la columna, dignificó el anatema a base de hacerse mala sangre de risa para adentro. Ataca desde su atalaya de bajito misántropo a los funcionarios negligentes, a los policías, a los reglamentos de censura. Ironiza Fígaro: "el hombre ha de ser dócil y sumiso".
Umbral escribe en su monográfico sobre el autor que se adelanta a Camus en sus escritos sobre la pena de muerte, y que es heredero de Baudelaire por dandy y de Quevedo por genio español. Después del levantamiento de La Granja, la existencia se le hizo demasiado inhospitalaria, afanosa de malas circunstancias. Y así, el oropel de sangre romántica. Con esto Buero Vallejo hizo teatro, 'La detonación'.

’Obras Completas I y II’, de Mariano José de Larra. Cátedra, Bibliotheca Avrea, 2009. 1214 y 1199 páginas. 83 euros.

21 de noviembre de 2009

'El cónsul de Sodoma'

El poeta y la nalga del filipino

Jaime Gil de Biedma
"Mucho sexo y poca pérgola". Así sintetizó un espectador la película El cónsul de Sodoma, sobre el poeta Jaime Gil de Biedma, en cómplice alusión a los inolvidables versos de Infancia y confesiones -"Yo nací (perdonadme) / en la edad de la pérgola y el tenis"-. El biopic se estrena el próximo día 27 pero se han realizado ya varias proyecciones privadas a las que han asistido personas relacionadas con el escritor. "Hemos salido indemnes", señaló tras uno de los pases el editor Jorge Herralde.
El filme, basado en la biografía de Gil de Biedma escrita por Miguel Dalmau (Circe, 2004), que ya levantó polémica al airear aspectos escabrosos de la animada vida erótica del poeta, es bastante fiel a la misma e incluye imágenes de sexo explícitas, desde luego no aptas para mojigatos. En un momento de la película, Bimba Bosé, que encarna improbablemente a Isabel Gil Moreno de Mora, Bel, que fue amante de Gil de Biedma pese a las inclinaciones homosexuales de éste, aparece desnuda en toda su dimensión, que es mucha, mientras el poeta (Jordi Mollà) se desliza hasta su pubis con generosa intención. La escena, sin tanto detalle (simplemente que hicieron el amor "de manera memorable" cuando ella tenía el periodo), la recoge Dalmau en su libro, contada, dice, por el propio Gil de Biedma. "Desde luego, no me parece de lo más interesante de la vida de mi tío como para seleccionarlo al hacer una película sobre él", reflexiona amargamente Jacobo, uno de los sobrinos del escritor, que añade que éste "era muy pudoroso" y habría abominado de un filme que aireara su vida íntima. En abierto contraste, el director, Sigfrid Monleón, señala: "He querido hacer la película en la que él se hubiera encontrado a gusto como personaje, de la manera en la que él hubiera querido verse en pantalla, como la Dietrich en una película de Sternberg". Monleón consideró que "el verdadero guión de la película es la poesía de Gil de Biedma". En las imágenes pueden verse calentones, orgías con marineros, pedicaciones varias, sexos masculinos al alza. No parece precisamente sutil mostrar el gusto del poeta por la canción francesa exhibiéndolo mientras, ejem, se corre al son de Les feuilles mortes. En algunos momentos, sin embargo, la película es muy lírica, y llega a representar con acierto el mundo vital y literario del escritor, como cuando el poeta aplasta su cigarrillo contra su imagen en el espejo del ascensor al regresar de una noche de alcohol, sexo y ceniceros sucios, mientras se escucha en off el poema Contra Jaime Gil de Biedma, claro.
Ese recurso, la lectura de los maravillosos versos del autor a lo largo del filme, le confiere a éste en momentos una hondura conmovedora (el Himno a la juventud mientras la lolita Yvonette Barral baila el twist en la playa; No volveré a ser joven tras la paliza de su amante gitano en Ultramort).
La película, que abarca el tiempo comprendido entre la publicación del primer poemario del poeta y la última etapa de su vida, enfermo ya del sida que le mataría en enero de 1990, arranca en Manila en 1959, adonde Gil de Biedma viajaba en razón de su cargo en Tabacos de Filipinas. De esmoquin blanco, en una fiesta, mientras lanza miradas depredadoras a los camareros filipinos, alguien le pregunta: "¿Y ahora qué, Jaime?". Y él contesta: "Ahora todo", que es un verdadero programa hedonista. En la escena siguiente, está en un tugurio en el que se exhibe sexo en vivo. Luego sigue a un joven filipino hasta un cuchitril sórdido y tras despojarlo del calzoncillo (la prenda recurrente en el filme es de modelo Ocean y no Calvin Klein) y acariciarle una nalga lo posee en un jergón. Mollà interpreta a un Gil de Biedma introvertido, algo soñador y más bien delicado. Da bien la parte frágil, pero está lejos del aspecto externo vigoroso, recio, macho, incluso brutote, del poeta real.
La película continúa en Barcelona con los problemas de encaje del escritor en su familia y en la sociedad franquista: dos miembros de la brigada político-social le amenazan por "maricón" y compañero de viaje de los comunistas (que no le dejarán afiliarse, no por el blazer y el descapotable sino por su homosexualidad). Carlos Barral, con la icónica barba, y un Juan Marsé sorprendentemente blando, aparecen durante toda la película como dos de sus mejores amigos. Las conversaciones literarias suenan forzadas y son de lo menos creíble del filme. Uno de los pasatiempos que ofrece éste es comparar a los actores con los personajes reales que interpretan: Colita, Oriol Regàs, Pep Madern... Otro es contemplar los escenarios de la época: desde el piso de la familia Gil de Biedma hasta Flash-Flash y Bocaccio.
Dentro del clima dramático destacan algunos momentos humorísticos: la sesión fotográfica para la portada de Últimas tardes con Teresa. Al decir de los que le conocieron bien, algunas escenas son imposibles: las que habla con su padre sobre su homosexualidad o cuando éste va a visitarle y lo encuentra con un negrazo desnudo. También es discutible la secuencia de la muerte de Bel en 1968 al arrastrar su coche una riada: la película sugiere un suicidio. Fiel a su manera de contar la vida de Gil de Biedma, El cónsul de Sodoma se cierra con el poeta enfermo sentado en una cama viendo bailar ante él a un joven chapero desnudo al son de You are always in my mind.

ENTREVISTA: MANUEL GUTIÉRREZ ARAGÓN

"Me atraía escribir sobre lo que el terror tiene de humillación"

Manuel Gutiérrez Aragón
A los 66 años anunció que se retiraba del cine tras casi cuatro décadas en el oficio. Un año después, el director de 'Demonios en el jardín' publica su primera novela, 'La vida antes de marzo', con la que ganó el último Premio Herralde
Hay gente que ha nacido de pie, otros, atravesados, y otros, aún no saben por qué han nacido. Manuel Gutiérrez Aragón (Torrelavega, 1942) es de los primeros. Ha realizado 17 largometrajes, adaptó el Quijote para una serie de televisión, ha escrito varios guiones para otros directores y ha dirigido alguna obra de teatro. También ha sido militante del Partido Comunista hasta que se legalizó en abril de 1977. En Viérnoles (Cantabria), el Instituto de Enseñanza Superior lleva su nombre. A los 66 años anunció que se retiraba del cine. Un año después escribe su primera novela, La vida antes de marzo, con la que acaba de obtener el Premio Herralde de Novela (Anagrama). Es, probablemente, uno de los autores debutantes de mayor edad y está encantado de la experiencia.
Pregunta. Su última película, Todos están invitados, muestra la cobardía de la sociedad civil vasca ante el terror impuesto por ETA. En su primera novela, La vida antes de marzo, el brutal atentado del 11-M, sin ser protagonista de la trama sí tiene una cierta importancia en la misma. ¿Le obsesiona el terrorismo?
Respuesta. Todos estamos invitados se hizo como una especie de deber cívico, para que constara un determinado testimonio y una postura ante un terrorismo muy conocido, como es el de ETA y el silencio que la rodea. En realidad, es desagradable filmar o escribir cosas sobre el terrorismo. Ya tenemos bastante con las informaciones de la televisión o los periódicos. ¿Por qué, además, hacer ficción sobre ello? No tengo una respuesta muy clara... pero, desde luego, no me voy a especializar en un tema que, en el fondo, me repugna.
P. Pese a todo, el 11-M es importante en la trama.
R. Bueno, el 11-M aparece muy al final. No puede considerarse que sea una novela sobre el 11- M. Aquí es un mero instrumento narrativo.
P. ¿Y qué le atraía del tema?
R. En el caso de La vida antes de marzo me atraía escribir sobre lo que el terror tiene también de humillación. Naturalmente, lo peor es la pérdida de la vida. Pero también conlleva una especie de vergüenza por el género humano al que pertenecemos. También me interesaba contar lo inesperado del suceso. El mal estaba llamando a la puerta y nosotros hemos abierto.
P. ¿Cuál fue el origen de la historia?
R. Creo que primero fue el marco y luego el cuadro. Yo viajo bastante, y en esos viajes bebo en abundancia, cosa que no suelo hacer en estado sedentario. A veces te encuentras con desconocidos compañeros que, para quitarse el miedo a volar o porque se aburren, te sueltan, también bebidos, cosas que nunca han contado. En las largas travesías aéreas escuchas a médicos que te hablan de enfermedades mantenidas en secreto por los Gobiernos, a mujeres bellísimas que narran tranquilamente sus adulterios o a empleados de grandes bancos que confiesan las abominaciones que realizan por orden de sus jefes... A veces, el viaje es el relato y el relato es el viaje. Hay una relación directa entre un viaje y un relato oral. Así que lo primero que me vino a la cabeza fue una narración que dura lo que el recorrido de un tren. En este caso, desde Bagdad -origen de cuentos maravillosos- a una ciudad atlántica, Lisboa, un finisterre donde todo acaba y todo puede volver a empezar.
P. Lo que resulta infrecuente es que usted decidiera escribir su primera novela cuando, a una edad tardía, anunció que se retiraba de la profesión del cine, oficio al que dedicó casi 40 años.
R. Nunca he querido ser un escritor ocasional, como tampoco hubiera querido ser un director de cine ocasional. O lo uno o lo otro. Se es escritor de noche y de día, dormido o despierto, cuando estás escribiendo y también cuando estás regando las plantas. Y lo mismo ocurre cuando eres director de cine. Así que hasta que no dejé lo uno no emprendí lo otro. Cuando de la editorial Anagrama me pidieron información para la solapa -la filmografía, claro, porque bibliografía propia no hay- propuse los datos de lo que yo sería ahora si hubiera seguido mi dedicación primera: escritor y profesor. Algo así como: "Profesor de Filosofía en Villarrubia de los Montes, tiene una obra sobre los amores juveniles de Menéndez Pelayo y otra sobre el primer Unamuno y el último Hegel. No se le debe confundir con su primo, el director de cine del mismo nombre". Pero Herralde no quiso, claro. Como se ve, prefiero ser dos personas distintas que un solo Gutiérrez verdadero.
P. ¿Le resultó muy duro escribir esta novela de 250 páginas?
R. La verdad es que me lo pasé muy bien. Sentía alegría, sensación de poder... También me sentí muy rejuvenecido: mi primera vocación fue ser escritor, cuando aún no había descubierto que las películas las hacía un director. Cuando la escribía no quería ponerle punto final, entregarla al editor. Pasaban las semanas y siempre encontraba un pretexto para seguir corrigiendo, o cambiar párrafos de sitio. A diferencia del cine, sólo dependes de ti mismo. No importa que llueva o granice, que el productor recorte el presupuesto o que el actor no se entienda con la actriz... Sobre todo, hoy en día las negociaciones de financiación, televisiones, ministerios, son muy largas. Me parece una tremenda pérdida de tiempo. Para mí ha sido una sensación nueva el conseguir avanzar en el trabajo sin depender de otros.
P. ¿Y no añora su primer y dilatado oficio, el cine?
R. Del cine echo de menos al equipo de rodaje, al montador, al ayudante, la script... toda esa gente que cree en la película y que se mata por ella. Hay mucha pasión en el cine. La literatura es un placer solitario. Hay que constatar que en nuestra juventud el cine nos inició en el sexo. En las novelas había amor, pero en el cine descubrimos que el verbo se hacía carne. Creo que el motivo decisivo de mi retirada de la dirección cinematográfica fue el día en el que me di cuenta de que el director que más me gustaba era Tim Burton. Me pareció que algo se me había roto por dentro: volvía a la época de los juguetes.
P. Usted afirma que su novela no lo es sobre el 11-M, pero en ella juega un papel importante y hay una notable documentación sobre las costumbres islamistas...
R. El tema de la novela es el encuentro entre desconocidos, alguno de ellos peligroso, como los amigos "malos" de Pinocho. Por ejemplo, lo que le sucede a Ángel, que, siendo adolescente, se ve metido sin querer, pero poco a poco a sabiendas, en una conspiración islamista algo cutre, pero no por ello menos criminal. Lo que allí ocurre es la fascinación de la mosca por la araña y su pánico final. Algo así es lo que se cuenta en la La isla del tesoro con los piratas. La información sobre el islamismo terrorista no me fue difícil, es bastante abundante, para mí más que suficiente. (El mejor libro que conozco es el de Manuel Marlasca y Luis Rendueles, Una historia del 11 M que no va a gustar a nadie). Lo que se me hizo más arduo fue meter los datos reales en la ficción. Fui un par de veces a Asturias, hablé, me informé. Visité Mieres, Avilés... en fin, luego, en la novela, la cosa se queda en poco, pero te da seguridad. Lo mismo en Madrid, en Fuenlabrada. El sitio de Véspero, en Asturias, está inventado. En realidad, el 11-M casi no sale en el texto, ya que no trata de eso. Sí aparece la preparación previa, las idas y venidas de Ángel con los islamistas y los vendedores de dinamita, los traficantes y los policías. El submundo. Pero el terrorismo explícito sólo es un 5% de la novela. Lo que más abunda en el texto son padres, amantes, novias, vacas, cerdos y morcillas. La vida sobre la muerte.

20 de noviembre de 2009

CRÍTICA: Devorar la vida con glotonería

Las memorias y los cuentos completos de Esther Tusquets revelan su enorme coherencia y su visión crítica de la burguesía catalana, del mundo y de muchos apriorismos establecidos.
 
Leer las primeras páginas:
Esther Tusquets
Cuando se han leído 40 o 50 páginas de Confesiones de una vieja dama indigna es inevitable la sensación de déjà vu: temas como los orígenes de Lumen, los éxitos que significaron Quino y Umberto Eco, el primer encuentro con Ana María Matute o con Miguel Delibes, Carlos Barral y tantos otros ya aparecían en su primer volumen de memorias, Confesiones de una editora poco mentirosa (RqR, 2005). La propia Esther Tusquets explica que le pidieron que ampliara ese primer libro. Lo ha hecho y de qué manera. Ha añadido toda la sal y pimienta que olvidó en el anterior y, lo que es mejor, nos permite conocer a la mujer, a la escritora y a la editora.
Esther ha repetido en diversas ocasiones que es más fácil encontrarla en sus novelas y cuentos que en unas memorias. Por eso la edición de sus cuentos completos, Carta a la madre y cuentos completos, a cargo de Fernando Valls, es una feliz coincidencia para comprender mejor a esta mujer apasionada y heterodoxa. El espléndido prólogo de Valls es un regalo para los lectores interesados. Contribuye a una visión global de la obra y de su autora.
Confesiones de una vieja dama indigna sigue la línea de Habíamos ganado la guerra, su segundo libro de memorias, y mantiene, como sucede en buena parte de su obra, el malestar de su autora respecto al entorno burgués en que nació. Dice ahora como entonces: "Me aceptaran o no en sus filas, yo pertenecía al bando que había perdido la guerra". Pensaba la autora que había escrito un libro provocativo, que iba a molestar a su familia y a provocar la ira de la burguesía barcelonesa. Aparentemente nada de eso sucedió, pero, como anécdota, en un premio literario un miembro del jurado lo rechazó de plano porque Esther tenía un pasado falangista.
Tanto en las memorias como en los cuentos completos así como en buena parte de sus novelas aparece de manera recurrente una visión crítica de la burguesía barcelonesa. Fernando Valls lo explica muy bien: "Como Juan Marsé, la autora se muestra crítica con los suyos, sin mostrarse complaciente con los desfavorecidos y perdedores". No es la única vez que compara a Tusquets con Marsé.
En Confesiones de una vieja dama indigna ocupa un lugar indiscutible la figura de la madre, tan seductora, de la que aprendió lo que aún hoy son sus aficiones preferidas: los animales, los libros, el teatro, el cine, el mar, pero por la que no se sintió querida. Crece la figura del padre, Magín Mestres. Está desde el principio hasta el final en Lumen. Cuando la pelea con Beatriz de Moura, que había entrado en Lumen de la mano de Óscar Tusquets, Esther propuso dividir la editorial, fue Magín quien lo evitó, facilitando los medios económicos para que Óscar y Beatriz montaran Tusquets Editores. El día en que Magín murió empezó el principio del fin de Lumen, que acabó vendida a una multinacional. El enfrentamiento de Esther Tusquets y Rosa Regàs, aficionada a piratear libros, según la autora, es otra de las historias que Esther se había dejado en el tintero.
En otros casos, como el de Carmen Balcells, reduce el espacio que le dedica pero afila la pluma. Le hizo grandes favores, pero también jugarretas inaceptables. Es arbitraria y le cuesta entender su código ético, escribe Esther. La autora tiene una habilidad especial para trazar retratos, algunos muy breves pero todos significativos: Ana María Matute, Nora Catelli, Miguel Delibes, Carlos Barral, Ana María y Terenci Moix, Carme Riera, Gabriel Ferrater, Jaime Salinas, Quino, Carmen Martín Gaite y tantos otros.
Quizá las mejores páginas del libro sean las dedicadas a la reflexión sobre el amor, cómo surge, cómo se acaba, pues siempre tiene fecha de caducidad. Esther, que ha "devorado la vida con glotonería, ávida de todo lo que pudiera ofrecerle", habla con maravillosa naturalidad, desparpajo incluso, de los hombres y de alguna mujer de su vida. El fotógrafo Oriol Maspons, con quien, a sus 24 años, logró por fin perder la virginidad; su primer marido, Jordi Argente, con boda por la iglesia y lista de regalos en la tienda más gauchedivinesca de Barcelona. La autora asegura que se mantuvo en las lindes de la divina izquierda, pero de su libro se desprende que las atravesó en numerosas ocasiones. Su visión es crítica. Esteban Busquets, el padre de sus hijos, con quien vivió siete años; el poeta llamado antes Pedro y ahora Pere, un ser obsesivo, que le dedicó versos que aparecen en el libro; el poeta y editor José Batlló, que llevó su colección de poesía El Bardo a Lumen, "cariñoso y autodestructivo".
Carta a la madre y cuentos completos incluye los siete cuentos de Siete miradas en un mismo paisaje; los ocho de La niña lunática y otros cinco sueltos, entre los que, sorprendentemente, aparece Epílogo triste, un artículo sobre los Maragall, narrado en tercera persona, en el que explica de forma un tanto ambigua los problemas que ella y la historiadora Mercedes Vilanova tuvieron con los Maragall a raíz de la biografía que escribieron del ex presidente catalán. Más explícita es en Confesiones de una vieja dama indigna, en la que acusa de censura moral al entorno de Pasqual Maragall.
La lectura de estos cuentos, en especial de Siete miradas en un mismo paisaje, la más autobiográfica de sus ficciones, y de Confesiones de una vieja dama indigna dan cuenta de la enorme coherencia de la escritora, de su visión crítica de la burguesía catalana, del mundo y de muchos apriorismos establecidos, contra los que se rebela. Acabada la lectura, queda la convicción de la sinceridad de Esther, de la naturalidad con que explica las cosas y, sobre todo, de lo bien que lo cuenta.